El sonido de la lluvia golpeando suavemente los ventanales era el único murmullo que acompañaba el silencio en la cabaña. Eira estaba sentada frente al fuego, las llamas reflejándose en sus ojos como si pudieran consumir las dudas que aún la encadenaban por dentro. La conversación con Aidan la noche anterior seguía palpitando en su mente, como un tambor persistente marcando el ritmo de su corazón.
—No puedes proteger a todo el mundo, Eira… pero puedes empezar por ti —le había dicho él, mirándol