El bosque guardaba silencio esa noche.
No era el silencio apacible de una madrugada tranquila, sino uno espeso, que parecĂa pegarse a la piel como niebla densa. Eira caminaba en medio de la espesura, guiada solo por la tenue luz de la luna que se filtraba entre los árboles, y por un dolor antiguo que palpitaba en su pecho, como un eco que reciĂ©n habĂa despertado.
Desde el encuentro con la manada errante —esa extraña comunidad nĂłmada de exiliados marcados como ella—, algo en su interior habĂa co