El amanecer no trajo consuelo.
Aunque el cielo se tiñera de naranja suave sobre el bosque cubierto de rocĂo, Eira sentĂa que algo punzaba su interior como un eco lejano de un dolor que no comprendĂa del todo. Aidan estaba a su lado, con los ojos cerrados, la respiraciĂłn profunda, el ceño ligeramente fruncido, incluso dormido. Su herida habĂa sanado en parte gracias a la intervenciĂłn de Nyla, la curandera, pero el cansancio y la culpa parecĂan pesarle más que el daño fĂsico.
Eira se sentĂł en el