Elian dormía.
Y al dormir… viajaba.
No como un niño. No como un soñador. Sino como un testigo. Sus sueños no eran fragmentos, sino ecos vivos.
Lucien lo sostenía en brazos, moviéndose lentamente por el templo subterráneo que habían sellado en las profundidades de las Montañas Negras. Aeryn colocaba nuevos símbolos protectores en la roca, cada uno con sangre y luna.
—Algo viene —dijo ella sin voltear—. No por aquí. Por dentro.
Lucien lo supo de inmediato.
—Elian está soñando con algo que no le p