Elian ya no era el mismo.
Y aun así, seguía siendo suyo.
Aeryn lo sostenía entre sus brazos mientras cantaba suavemente una melodía que su madre le entonaba cuando era niña. Una canción sin idioma, tejida con notas de luna y susurros de viento.
El niño no lloraba.
Pero escuchaba.
Y aunque ya no recordaba por completo sus sueños, cada vez que Aeryn entonaba esa canción, sus deditos temblaban. Como si algo dentro de él —algo antiguo— despertara y murmurara:
“Todavía estoy aquí.”
Lucien los observ