El viento cortaba la piel como cuchillas heladas.
Lucien caminaba al frente, cubriendo a Aeryn con su cuerpo, mientras el terreno se volvía más escarpado, más cruel, más ajeno a todo lo humano o sobrenatural. Las Montañas Negras se alzaban como dientes antiguos entre la niebla.
Cada paso dolía.
Cada respiración era un grito interno.
Y Aeryn ya no solo luchaba contra el frío. Luchaba contra su propio cuerpo, que comenzaba a prepararse para dar vida.
—Está cerca… —dijo ella, apoyando una mano en