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El impacto contra los tanques químicos fue como golpear hielo líquido, el frío brutal seguido por quemazón cuando los químicos tocaron piel expuesta, y Valeria supo en ese momento que había cometido error fatal.

El líquido la envolvió como aceite viscoso, penetrando cada poro, cada herida abierta, quemando con intensidad que superaba cualquier dolor previo. Sus pulmones gritaron por aire mientras luchaba por emerger de la superficie, los ojos cerrados con fuerza porque instinto le advertía que abrirlos significaría ceguera permanente.

Rompió la superficie tosiendo, escupiendo el químico que había tragado accidentalmente. El sabor era metálico, amargo, como lamer baterías oxidadas. Su garganta ardía desde el esófago hasta los labios. La piel de sus brazos ya mostraba manchas rojas que se extendían como mapas de dolor.

A tres metros, Viktor

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