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La explosión que sacudió la instalación de Viktor no fue de su equipo sino de Irina y los mercenarios sobrevivientes que habían fingido quebrar durante interrogatorio, esperando el momento preciso para atacar desde dentro.

El estallido reverberó por los pasillos subterráneos como un trueno contenido, haciendo temblar las paredes de concreto reforzado. Irina se incorporó de golpe en la celda donde la habían encerrado, limpiándose la sangre seca del labio partido. A su alrededor, ocho mercenarios hacían lo mismo, moviéndose con la coordinación silenciosa de soldados que habían pasado demasiadas horas planeando exactamente este momento.

Durante el interrogatorio, mientras Viktor los golpeaba y amenazaba, habían mantenido el contacto visual mínimo necesario para comunicarse. Un parpadeo aquí, un movimiento de dedos allá. Habían ocultado herramientas

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