La oscuridad de la habitación no logró ocultar el rastro de la devastación. Sia permaneció sobre las sábanas de seda húmedas, con los músculos con una tensión que le impedía incluso sollozar. El aire aún conservaba el rastro de Valerius: ese aroma a sándalo y a furia que se le había quedado pegado a la piel como una condena. Sus dedos buscaron los bordes de la capa de piel que él dejó caer y se cubrió con ella. No buscaba calor, sino un escudo contra el vacío que dejó el Alfa al cerrar la puert