—No te atrevas a tocarme si solo es para castigarme por los pecados que otros cometieron —susurró Sia, aunque su cuerpo temblaba al ver la magnitud del hombre frente a ella.
Valerius no respondió con palabras. Con un salto cargado de una agilidad sobrenatural, la tomó por el cuello con una sola mano. No apretó para asfixiarla, sino para inmovilizarla contra el colchón, hundiendo su pequeño cuerpo en las sábanas de lino. Con la otra mano, despojó a Sia del pijama, rasgando la seda blanca sin may