El silencio del bosque solo era interrumpido por el crujir de las botas de Valerius sobre las hojas secas. Sia, envuelta en la pesada capa de piel de lobo, sentía el latido del Alfa contra su espalda. El calor de su cuerpo era la única barrera contra el frío que empezaba a calar luego del baño en el río sagrado. Valerius la cargaba con una firmeza que rozaba la hostilidad; sus brazos eran columnas de músculo tenso, y su mandíbula permanecía apretada, como si cada paso fuera un esfuerzo por no s