Mundo de ficçãoIniciar sessãoSinopsis "Nunca debí traerlo a mi cabaña. Herido. Salvaje. Hermoso." Pensé que solo era un lobo moribundo en medio de la tormenta de Alaska... hasta que una noche, se convirtió en un hombre desnudo en mi sala. Él no recuerda su nombre, pero su cuerpo y sus instintos posesivos reconocen el mío. Ahora vive bajo mi techo, me observa como si ya le perteneciera y me protege de la forma más feroz. Cada mirada es una advertencia; cada roce, una caída inevitable.Hasta que descubro la impactante verdad: no es un extraño. Es el Alfa Supremo desaparecido que toda la ciudad busca... y yo lo he estado escondiendo y amando en secreto.El hombre que salvé no vino a quedarse. Vino a reclamar lo que es suyo, sin saber que una brutal traición familiar está a punto de separarnos...
Ler maisCapítulo 1
El viento no solo sopla esta noche; aúlla. Es un sonido gutural que golpea con saña las paredes de madera de mi pequeña cabaña, una estructura que, aunque suele ser mi refugio y el lugar donde el susurro de los pinos me arrulla, hoy se siente frágil, casi indefensa. Hay algo en la frecuencia de ese silbido que no es normal; se siente como una advertencia, un presagio oscuro que viaja desde las cumbres más altas. El invierno en estas montañas no conoce la piedad, es un juez severo que no acepta súplicas, y lamentablemente, mi cuenta bancaria comparte esa misma frialdad implacable. Me quedo de pie en la cocina, con la mirada fija en los recibos de la renta que descansan sobre la mesa de madera desgastada. Son papeles fríos, sentencias de muerte para mi estabilidad. Tras haber sido despedida de la cafetería del pueblo hace apenas dos días, ese montón de billetes arrugados que guardo en el cajón es lo último que me queda. No voy a llorar. Me lo prohíbo. Porque si empiezo, no sé si voy a poder detenerme.. y ahora mismo no puedo permitirme romperme. —Mañana será otro día, Cassandra —me susurro a mí misma, mi voz apenas un hilo que se pierde en la estancia vacía. Aprieto con fuerza mi vieja bata de lana, buscando un calor que parece escaparse por las rendijas de las ventanas—. Mañana buscarás algo. Mañana no tendrás miedo. Encontrarás la forma de seguir adelante, como siempre lo haces. Justo cuando extiendo la mano para apagar la luz de la cocina y sumergirme en la seguridad de las sombras de mi habitación, un sonido diferente al viento corta el aire. No es el crujir de una rama ni el silbido del aire entre las rocas. Es un lamento. Me detengo en seco. Mi corazón da un vuelco violento contra mis costillas, paralizándome. Entonces, vuelve a suceder: un crujido ronco, profundo, cargado de una agonía tan densa que me hiela la sangre mucho más que el aire filtrado bajo la puerta. Viene de la parte trasera, allí donde el pequeño claro de mi jardín se rinde ante la oscuridad impenetrable y voraz del bosque nacional. Mi instinto de supervivencia, ese que suele ser bastante ruidoso, empieza a gritarme. «Date la vuelta, Cassandra. Camina hacia tu cuarto, cierra la puerta con doble seguro, métete bajo las mantas y no salgas hasta que salga el sol». Pero hay algo en ese sonido, una vulnerabilidad casi humana, que tira de mis pies en la dirección opuesta. Con manos temblorosas que apenas pueden sostener el plástico frío, tomo la linterna de la mesita auxiliar. Algo dentro de mí susurra que abrir esa puerta es un error. Que hay cosas ahí fuera que no deberían ser encontradas. Aun así… giro el pomo de la puerta trasera y la abro La luz del porche está encendida, pero su resplandor es débil, apenas capaz de reclamar unos pocos metros al patio antes de ser devorado por la negrura. Al salir, la nieve me golpea el rostro como mil agujas de cristal. La ventisca es feroz. Apunto el haz de la linterna hacia el exterior; la luz baila errática sobre el manto blanco, revelando la danza frenética de los copos, hasta que se detiene en algo que no encaja en el paisaje. «No deberías estar aquí afuera, Cassandra. Esta es la cosa más estúpida que has hecho en tu vida. Da media vuelta ahora mismo». Eso es lo que haría una mujer sensata, alguien con un gramo de lógica en la cabeza. Pero, como ya he aceptado que la sensatez no es mi mayor virtud, continúo dando pasos hacia adelante. Al principio, lo que veo parece una roca deforme, cubierta de barro y detritos del bosque. Sin embargo, cuando el haz de luz se estabiliza, noto un movimiento rítmico. Un costado sube y baja con una dificultad agónica. Es un ser vivo. Pero no se siente como uno. Hay algo en su presencia… algo pesado, incómodo, que me eriza la piel sin saber exactamente por qué. Por la forma, es obvio que se trata de un animal, pero la verdadera pregunta que me hiela el alma es: ¿qué clase de animal es lo suficientemente grande como para parecer una roca? Hundiéndome hasta las rodillas en la nieve, ignorando cómo mis pies se entumecen al instante perdiendo toda sensibilidad, me acerco. —¿Hola? —Mi voz se quiebra, perdiéndose en el rugido del bosque. Cuando estoy a escasos metros, la realidad me golpea. No es una roca, ni tampoco un oso o un depredador de los que suelen acechar estas cumbres. Es un perro. O al menos, tiene la forma de uno, aunque sus dimensiones son irreales. Es de un blanco inmaculado, o lo sería si no estuviera empapado de barro y de un líquido rojo tan oscuro que parece negro bajo la luz artificial de mi linterna. Es una bestia enorme, majestuosa y, a pesar de su estado, aterradora. Yace de costado, y la nieve a su alrededor ya no es blanca; es un lago carmesí que se extiende rápidamente. —Oh, Dios mío… cosita, ¿qué te ha pasado? —El aliento se me escapa en una nube de vapor que se disipa al instante. Me acerco más, y el olor me golpea como un puñetazo: hierro, tierra húmeda y la inconfundible fragancia de la muerte cercana. Al ver la herida de cerca, mi estómago da un vuelco violento. Es un tajo diagonal, profundo y limpio, que recorre desde su hombro hasta el pecho. Es como si un cuchillo gigante o una garra de pesadilla hubiera intentado partirlo a la mitad. La carne está abierta de par en par, exponiendo el tejido vivo que palpita con una debilidad que me desgarra el corazón. Siento una oleada de náuseas. Siempre he tenido una aversión insoportable a la sangre; un simple corte con un cuchillo de cocina me pone pálida y me hace sentar para no desmayarme. Ahora, ver esta magnitud de carnicería en este pobre animal hace que el mundo comience a dar vueltas. «Vete, Cassandra. Entra y cierra la puerta. Va a morir de todos modos, no hay nada que puedas hacer por él», sisea mi subconsciente. ¿He mencionado que mi voz interior puede ser una perra sin pizca de humanidad? Muchas veces le he hecho caso para evitarme problemas, y hoy, por un segundo, estoy a punto de obedecerla. Pero justo cuando mis botas comienzan a girar para huir... el perro abre un ojo. Capítulo 32 —Prometiste que seríamos siempre tú y yo, maldito idiota... —sollozo, echando la cabeza hacia atrás contra la pared, mirando al techo oscuro mientras dejo que las lágrimas pesadas se deslicen por mi cara—. Y ahora hay un bebé. Aunque puedo estar aún equivocada. Martha dijo que tenía que hacerlo por la mañana, con la primera orina. Aún hay una pequeña salida de emergencia.Lloro con ganas, perdiendo el control, pero ya no es el llanto de esta última semana, las lágrimas de la mujer desvalida que ha sido abandonada y se lamenta en los rincones. Esto es un dolor diferente; lleva el peso de una realidad que va a cambiarme la vida para siempre. Un bebé le cambia la vida a cualquier ser humano, nos redefine por completo. Siento cómo el conflicto nace en mi mente como una grieta profunda que está a punto de transformarlo todo, dividiendo mi existencia en un antes y un después.Hasta hace una hora, se suponía que mi única meta era sobrevivir a la depresión reportándome enferma
Capítulo 31 —No... No, esto es un chiste —digo en voz alta y niego con la cabeza con frenesí—. Es imposible. Tiene que estar defectuosa. Claro que sí, estas porquerías baratas no sirven para nada. Es totalmente imposible. Mi cuerpo está mal, yo estoy mal, pero esto no puede ser real.Con urgencia, casi con una violencia salvaje, abro la segunda caja. Rompo el envoltorio con los dientes y me bajo los pantalones con desesperación... justo cuando me doy cuenta de que la ansiedad me ha secado y ya no tengo ganas de hacer pis. Necesito comprobarlo otra vez. Porque esto no puede ser verdad. No puede serlo. Es una obsesión ciega, una necesidad enfermiza de demostrar que la primera prueba está equivocada.—Maldición.Me vuelvo a subir los pantalones, salgo corriendo a la cocina y me tomo un vaso de agua, y luego otro, tragando el líquido con desesperación. Camino de un lado a otro de la cocina, pasándome los dedos por el cabello por pura desesperación, sintiendo los pasos pesados sobre la
Capítulo 30Me quedo con las manos aferradas al volante, escuchando cómo el metal del auto cruje levemente mientras se enfría. A través del parabrisas observo la cabaña. Me doy cuenta de que la bolsa de plástico de la farmacia que descansa en el asiento del copiloto parece pesar más que todo lo demás que he cargado en mi vida; es un peso invisible que me aplasta el pecho y me corta la respiración. No sabría cómo explicar el peso que esas tres inofensivas cajas delgadas representan para mí en este instante. Siento que si meto esa bolsa en la casa, estaré permitiendo que una realidad paralela e imposible invada el único refugio que me queda. No he respirado bien desde que entré a los terrenos de la cabaña, atrapada en una agonía silenciosa.Finalmente me armo de valor, tomo la bolsa con la punta de los dedos como si fuera a fugarme o como si el plástico fuera a quemarme la piel, me bajo del auto y entro en la cabaña.Las horas pasan. El sol comienza a teñir las paredes de ese tono a
Capítulo 29Cuando salgo del trabajo, la falta de víveres y la necesidad de comprar analgésicos para un dolor de cabeza horrible que no me da tregua para nada me obligan a ir a la farmacia; allí compraré las cositas que me hagan falta. Como no me queda lejos, decido dejar el auto en el estacionamiento del empleo y caminar la poca distancia que me separa del local.Al llegar a la pequeña farmacia veo que estoy más exhausta de lo que imaginé. Detrás del mostrador se encuentra Martha, la enfermera jubilada del pueblo que maneja el lugar y que me conoce desde hace años. Es una mujer de mediana edad, de mirada observadora y manos expertas que no tarda en notar mi deplorable estado físico en cuanto me acerco.—Vaya, Cassandra... —comenta Martha, analizándome con detenimiento por encima de sus gafas de lectura—. Estás arrastrando los pies y tienes la piel del color de la cera. ¿Te encuentras bien?Odio profundamente este momento en el que las personas se vuelven entrometidas. ¿Por qué no
Último capítulo