Las baldosas de la cocina estaban frías bajo los pies de Sia. El olor a especias, grasa y carbón apagado impregnaba el aire de la estancia. La cocina era un espacio inmenso y funcional que a esa hora de la noche parecía un mausoleo de metal y piedra. Sia se detuvo en el umbral, con las manos aún presionando su vientre. El calor que emanaba de su centro era ahora un fuego abrasador que le subía por la garganta. La voz de Caspian aún resonaba en sus oídos.
Cerca de la mesa central de madera de en