Mundo ficciónIniciar sesiónLuego de los eventos que casi le arrebatan la vida a su pareja, el gran alfa Kogan y su lobo el alfa Rax dedican sus días a cuidar a su ganeia (familia). Sin embargo, la amenaza no proviene únicamente de enemigos externos. Haber menospreciado a una raza inferior les recordó que el peligro puede surgir dentro de su territorio. Y su paso por las tierras del alfa Logan solo sirvió para despertar nuevos misterios y reabrir heridas que Cristal jamás logró sanar. De regreso al territorio, la tensión se percibe: las guerras entre manadas se han vuelto más frecuentes, y las fronteras de los Real Blood hierven en una actividad constante. Él alfa mantuvo estas amenazas en silencio. Creyendo controlar estos peligros, piensa que podrá comenzar a disfrutar décadas de paz y tranquilidad junto a sus hijos y su luna. Pero todo cambia cuando tres(3) halos luminosos alrededor de la luna anuncian un evento antiguo y poderoso: "EL LLAMADO DE LA DIOSA LUNAR". Esta convocatoria ineludible reúne a todos los líderes de las manadas, el alfa sabe que no pueden ignorarla. Sin embargo, también comprende lo que esto significa: Cristal está en más peligro que nunca. Pronto se descubrirá que su luna no había muerto, que la ha encontrado, y que además es humana, convirtiéndola en su mayor debilidad frente a quienes buscan vengarse y destruirlo a él. ¿Comenzarán a revelarse los misterios que rodean a Cristal? ¿Y qué otros secretos aguardan para ser descubiertos? Acompañen a este poderoso alfa en esta nueva etapa, donde nuevos misterios y peligros surgirán, amenazando con cambiarlo todo.
Leer másLa luna brillaba intensamente sobre el cielo nocturno, siendo testigo silenciosa de los terribles acontecimientos que azotan a las diferentes manadas. Durante semanas, la sangre había corrido como ríos. Muchos licántropos huían desesperados junto a sus parejas e hijos, tratando de escapar de una muerte segura.
En los límites de Roseliam, territorio del gran alfa Kogan y su lobo el alfa Rax, los centinelas se desplazaban a gran velocidad. Ahir, el sexto beta, corría con urgencia para interceptar a los intrusos que habían osado cruzar los límites.
No pensaba permitirles avanzar ni un paso más.
Ahir había nacido con el rango de centinela. Aquellos como él no solo poseían un agudo instinto, sino que habían sido entrenados en tácticas excepcionales. El alfa lo había nombrado personalmente, y en sus venas corría la responsabilidad de proteger los límites del territorio.
La furia lo consumía.
Tras siglos de inviolabilidad, sus fronteras habían sido cruzadas. Aquello era intolerable.
¿Cómo habían logrado cruzar sin ser detectados?
Los centinelas estaban en estado de alerta total. No permitirían que los intrusos avanzaran más, especialmente ahora que la luna acababa de llegar. Su presencia lo había cambiado todo. La manada la creía muerta, víctima de una traición imperdonable.
Aquellos días oscuros, cuando fueron traicionados por Tou, marcó un antes y un después. Esa herida, despertó en ellos un instinto dormido, una lealtad más feroz que la de cualquier siglo anterior. Por deseo de la Diosa Lunar ella seguía con vida, pero las cicatrices de esa traición siguen ardiendo.
Ahora, protegerla a su luna resucitada y a la manada entera, se ha convertido en su prioridad absoluta.
Ahir no permitirá que esa historia se repita. No bajó su guardia. No mientras siga respirando.
El beta corría a toda velocidad, dejando atrás al resto del grupo. Guiado por su olfato e instinto, rastreaba la ruta que los intrusos habían tomado a través del bosque. Pero algo no cuadraba: el estruendo que hacían era excesivo, incluso deliberado.
A lo lejos, los divisó. Se acercó silenciosamente, ocultando su presencia con la destreza propia de un centinela. Estos no solo tenían sentidos agudizados, también podían percibir el peligro con una precisión inusual. Pero lo que inquietaba a Ahir era precisamente la falta de esa alarma interna. Algo estaba mal.
¿Cómo habían camuflado su presencia para entrar sin ser detectados?
— ¿En qué manada… nos encontramos? — susurró uno de los pícaros, jadeando, con la mirada alerta.
— ¡No hagas tanto ruido! — reprendió otro. — Si creen que somos hostiles, no dudarán en matarnos —.
El miedo se reflejaba en sus rostros: respiración agitada, manos temblorosas, ojos desorbitados. Avanzaban torpemente, rompiendo ramas y empujando arbustos, como si intentaran llamar la atención deliberada de los centinelas.
— Tenemos que hacer todo lo posible por hablar con el alfa de estas tierras — dijo otro con preocupación. — Es la única forma de sobrevivir… —.
Mientras el pícaro hablaba, Ahir ya estaba entre ellos, camuflado entre las sombras. Nadie había notado su presencia.
— ¿En qué manada estaremos? — repitió otro con voz temblorosa.
Fue entonces cuando uno de ellos lo vio. Se quedó sin aliento. Su piel se erizó y el miedo lo inmovilizó al descubrir al centinela junto a él, observándolo con el ceño fruncido.
— Es-estamos... en el te-territorio de los... Blood — susurró entrecortadamente.
— ¿Cómo lo sabes? — preguntó otro, girando de inmediato.
Este pícaro abrió los ojos con asombro y, junto al otro, se paralizaron al ver la figura de Ahir. Una presión invisible les oprimió el pecho; el aire se volvió denso, casi irrespirable. El aura que lo comenzó a rodear era inconfundible: antigua, poderosa, marcada por generaciones de sangre dominante. De inmediato, ambos inclinaron la cabeza en señal de sumisión, con los labios temblorosos de miedo. No cabía duda. Estaban frente a un miembro de los Real Blood.
Los pícaros, completamente tensos por el miedo, mantuvieron la cabeza inclinada. Sabían que no era solo su reputación lo que los aterraba, sino la intensidad de su aura. Su sola presencia, su andar silencioso, la forma en que había aparecido sin ser detectado… estaban frente a uno de los guardianes silenciosos y letales de una de las manadas más antiguas.
Un Centinela.
Ahir los observaba con seriedad. Los demás pícaros, al notar la tensión en el aire y sentir su aura comprender la situación, inclinaron sin demora sus cabezas. En segundos, todos estaban arrodillados en señal de respeto.
El beta frunció más el ceño al comprender cuál era su intención.
— No-nosotros... solo queremos hablar con tu al-alfa — dijo uno con voz entrecortada. — No venimos con intenciones hostiles. Solo pedimos un lugar... donde vivir en paz —.
Ahir no respondió. Sabía que ninguno de ellos representaba una amenaza real. Sin embargo, algo lo hizo girar la cabeza hacia el interior del territorio: otro grupo se estaba adentrando aún más. El rastro era claro.
Los pícaros notaron hacia dónde dirigía la vista y comenzaron a temblar.
— ¡Ellos...! —.
Pero Ahir no esperó una explicación. Ya se había echado a correr en dirección al nuevo grupo.
— ¡NO…! — gritaron los pícaros tras él, siguiéndolo.
Aun sabiendo que cruzar el territorio de un centinela sin permiso era una señal de hostilidad.
Ahir aceleró. Entendía ahora que ese grupo inicial solo había sido una distracción. El verdadero peligro se ocultaba más allá.
Detrás de él, los pícaros lo seguían con desesperación. Pero habían olvidado dónde estaban. Antes de que pudieran alcanzarlo, un grupo de centinelas los esperaba frente a ellos. Ahir pasó entre sus compañeros, y estos de inmediato rodearon a los perseguidores, superándolos en número.
El miedo era evidente en los rostros de los pícaros, pero no se rindieron. Luchaban con fuerza, lanzando golpes con torpeza, sin detenerse.
Los centinelas recibían los ataques sin retroceder, sin mostrar debilidad. Su entrenamiento hablaba por sí solo. Aun así, los pícaros no buscaban herirlos, solo abrirse paso.
Ahir, al ver esto, se detuvo un instante, intrigado.
¿Por qué tanto empeño en no pelear directamente? ¿Qué ocultaban?
Pero no podía perder tiempo. Él se desvaneció entre la espesura del bosque, guiado por su lobo interior, Grau. Este tomó el control y agudizó sus sentidos. Ambos sabían que debían detener al segundo grupo.
Mientras avanzaba, una presencia cercana le hizo tensarse. Pensó que se trataba de un ataque, por lo que liberó sus garras, preparándose para defender el territorio con furia. Atravesó los arbustos con fuerza… y se detuvo de golpe, dejando un rastro de tierra removida.
Delante de él, un pequeño cachorro lloraba, mirándolo con terror. Su cuerpo temblaba, sus manitas rígidas, y sus grandes ojos lo observaban sin parpadear.
Grau ocultó sus garras de inmediato, y la tensión en su rostro se desvaneció. No era un cobarde, ni un monstruo. No necesitaba añadir más miedo al que el pequeño ya sentía. Fue entonces cuando comprendió el afán del primer grupo de pícaros.
Se acercó con calma y cuidado, pero el pequeño, al ver su aproximación, temió aún más. Elevó las manos para cubrir su cabeza, como si esperara un golpe, y su lamento se intensificó.
A pesar de ver esta reacción, Grau lo tomó entre sus brazos y le habló:
— ¿Tienes hambre? —.
Su voz era suave, casi angelical y sintiendo una cercanía natural con este cachorro, intentando calmarlo y hacerle sentir con menos temor. Pudo notar cómo su cuerpo temblaba más a su contacto.
Grau comenzó a caminar sin esperar respuesta, dirigiéndose hacia un claro lleno de árboles frutales. Se detuvo frente a uno y recogió la fruta más grande.
— Come — dijo, con voz tranquila.
El cachorro rechazó el gesto al principio, aún aferrado al miedo. Pero Grau fue paciente. Sabía que, siendo tan pequeño, no resistiría mucho tiempo. Y así fue: el hambre, al final, resultó ser más fuerte. Las diminutas manos se aferraron a la fruta, que devoró con desesperación.
El sexto beta soltó un suspiro, frustrado. No recordaba haber sentido miedo cuando era un cachorro. Jamás había tenido que huir para sobrevivir. Sus líderes siempre se encargaron de proteger a la manada y brindarles todo lo necesario. Él, como muchos, había sido bendecido al nacer bajo una manada fuerte y justa.
Pero no todos los licántropos habían tenido la misma suerte. Las guerras territoriales, los malos líderes y la ambición desmedida habían forzado a muchos a huir de sus propias manadas. A vivir como sombras, como fantasmas de lo que deberían haber sido.
Cuando volvió a mirar al cachorro, Grau tomó otra fruta. Esta vez, el pequeño no dudó en aceptarla y empezó a comer con más calma. El beta le daría toda la comida que necesitará. Al observar al cachorro, con su ropa desgastada, delgado y cubierto de suciedad, sintió una profunda tristeza.
El movimiento de las plantas hizo que recorriera su entorno con la mirada. Intuyendo de quién se trataba.
Solo bastaron unos segundos para que, desde la sombra de los árboles, emergiera la figura de una hembra. Su respiración era agitada y el miedo se reflejó con fuerza en las facciones de su rostro. Al ver a un centinela cargando a su hijo, sus labios comenzaron a temblar.
— Pp-or favor… no lo lasti-times… — suplicó con la voz quebrada por el terror.
El cachorro, al reconocer aquella voz, dejó de comer. Levantó la mirada hacia su madre, luego hacia Grau, y aceptó otra fruta que él le ofrecía. Cuando fue colocado en el suelo, el pequeño lo miró con una chispa de alegría. Después de haber sentido mucho temor durante tanto tiempo, la amable acción de este desconocido encendió algo en su interior, algo que nunca había experimentado antes: bondad y confianza.
El pequeño con una sonrisa en su rostro, corrió hacia su madre, extendiendo los brazos hacia ella.
— No te… muevas… — pidió ella con voz temblorosa, más por el miedo que por el cansancio.
La angustia aún dominaba su cuerpo. Cautelosamente se acercó a su cachorro. Al envolverlo entre sus brazos, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. El pequeño, sin dudarlo, la abrazó con fuerza, sollozando de alivio y emoción. Lloraba, pero no de miedo, sino por la dicha de volver al calor de su madre.
En su desesperado intento por adentrarse en el territorio para salvar sus vidas, se había separado de su hijo.
Grau observó en silencio, su intuición era cierta, este grupo de pícaros: querían proteger a sus parejas y cachorros.
Fue entonces cuando unos gritos de súplica y sonidos de forcejeo lo hicieron girar hacia la zona donde sus centinelas habían retenido a los intrusos. Los pícaros capturados, fuertemente custodiados, emergieron desde la oscuridad de la noche.
— ¡NO! — gritó uno al ver al centinela frente a su pareja y su cachorro, y suplico en preocupación. — ¡No los lastimes! —.
Estaba inmovilizado, pero el terror lo desbordó. Se agitó con tal desesperación que logró zafarse del fuerte agarre. Lo que no sabía era que el sexto beta ya había dado la orden de liberarlo.
Corrió hasta ellos, colocándose delante de su pareja y su hijo con los brazos extendidos mirando al centinela líder. Aunque el miedo seguía reflejado en su rostro, se inclinó en señal de sumisión.
Su mirada, fija al suelo, reflejaba su lucha interna.
— No venimos a robar su paz ni su tierra. Si-si su Alfa lo permite… solo buscamos un pequeño espacio donde resguardar nuestras gaenias y vivir sin causar daño —.
Su voz fue clara, aunque cargada de emoción, pero su postura se mantuvo firme. Aunque el miedo era evidente. Quería una oportunidad, no para rendirse, sino para ser escuchado.
Ahir tomando el control nuevamente, lo observó con su acostumbrado semblante serio. No era un licántropo de muchas palabras. Sabía que los recientes movimientos en las fronteras eran consecuencia directa de las múltiples guerras territoriales.
En ese instante, el pícaro que aún mantenía la cabeza inclinada miró con temor a su alrededor sin moverse. Detrás de él, emergieron lentamente las siluetas de numerosas hembras, jóvenes en edad de entrenamiento y pequeños cachorros, todos con temor reflejado en sus rostros.
Al ver a sus parejas e hijos salir de sus escondites, los otros pícaros se soltaron de sus captores y corrieron hacia ellos. Se colocaron frente a sus gaenias, en gesto protector, pero pronto bajaron la cabeza en señal de sumisión, imitando al primero.
— Por fa-favor… dile a tu Alfa… que so-solo deseamos un lugar donde podamos vi-vivir en paz — suplicó el pícaro una vez más.
Los centinelas se miraron entre sí, menos tensos, pero aún vigilantes ante cualquier movimiento hostil.
Ahir mantuvo la vista fija en el pequeño cachorro, aquel que casi había atacado. No podía tomar una decisión por su cuenta. Como el beta centinela, su alfa le había confiado la seguridad de las fronteras, y muchas veces había actuado con libertad. Pero esta vez era distinto. Esta vez no podía decidir por sí mismo si ese grupo de pícaros podía entrar en sus dominios.
Sin duda alguna, debía informar a su Alfa.
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A kilómetros de distancia, en una guarida en lo alto de un cerro elevado rodeado por un inmenso y vasto bosque, en un gran edificio se alzaba la vista de todo el territorio donde a los humanos se les permitía habitar.
La figura de un licántropo yacía recostada sobre una inmensa cama. Su respiración era lenta, su semblante relajado y sus ojos cerrados expresaban una tranquilidad que no tardaría en desvanecerse.
“Alfa”.
En ese instante, sus ojos se abrieron de golpe. El llamado de Ahir, su beta centinela encargado de proteger la frontera de cualquier amenaza, destruyó la paz en la que se encontraba.
Kogan apretó los puños con fuerza, en un intento por contener la furia que comenzaba a carcomer su pecho. Sabía perfectamente a qué se debía ese llamado.
“Desean que les permitas habitar el territorio”.
Aquella petición lo llenó de más ira. Su cuerpo empezó a estremecerse; el fuerte deseo de dirigirse a las fronteras y expulsar a esos pícaros era latente.
Su mente lo llevó de vuelta a un suceso del pasado.
Siglos atrás, cuando su padre permitió a un grupo de pícaros habitar una zona del territorio, al principio fueron agradecidos. Pero décadas después de ser nombrado el nuevo alfa, se proclamaron dueños de esas tierras. Una ligera sensación de déjà vu se formó en su interior.
No iba a permitir que esa historia se repitiera. Mucho menos pondría en riesgo a su manada… y de su amada luna.
En ese momento, Kogan giró el rostro para mirar a la bella mujer recostada contra su pecho. El ligero vaivén de su respiración indicaba el profundo sueño en el que se encontraba, completamente ajena a los eventos que se habían estado desarrollando en las fronteras durante los últimos lunas (meses).
Pero esa noche era distinta. Era la primera vez en mucho tiempo que los pícaros lograban ingresar al territorio.
“¡Escoltadlos fuera de los dominios!”, ordenó con tono autoritario, rechazando la petición sin apartar la mirada de Cristal. “¡No podemos poner en riesgo la seguridad de la manada!”.
El cuerpo del alfa comenzaba a estremecerse. Sus manos temblaron al recordar sentimientos que deseaba olvidar. El simple hecho de que hubiera tantos movimientos de pícaros lo llevó a considerar, por un instante, que quizás Tou tal vez… Pero pronto desechó ese pensamiento. A pesar de todo, sabía que él no volvería a traicionar a esta manada. Y si lo hiciera… él mismo se encargaría de arrancarle su corazón junto a su cabeza, nada lo detendría esta vez.
No obstante... ¿Por qué ahora? ¿Por qué, desde la llegada de su luna, las fronteras se habían convertido en un hervidero de constantes avistamientos de intrusos?
Había sido extremadamente cauteloso; ni sus padres ni sus demás hermanos sabían de la existencia de Cristal. No por miedo a que actuaran como Tou, sino porque, mientras menos supieran de su existencia, mejor. Aun así, sabía que tarde o temprano tendría que llevarla ante sus padres y se revelaría su existencia a todos los alfas del mundo.
Kogan cerró sus ojos tratando de olvidar todos sus pensamientos, volviendo a mirar a su hermosa pareja. Con el brazo, la atrajo más hacia sí. Su luna, en profundo sueño, se acurrucó inconscientemente a su lado. Él se aproximó un poco más, en un gesto protector.
Volviendo a hacer esa silenciosa promesa de protegerla, escuchó las palabras de su beta por el enlace.
“Hay hembras preñadas, jóvenes en edad de entrenamiento y muchos cachorros”.
Lo que Ahir acababa de revelar lo hizo detener su decisión. Kogan no tardó en pensar en los más vulnerables de su manada. Ciertamente, eran pícaros... pero como líder, y firme creyente en las leyes de la Diosa Lunar, no podía ignorar el verdadero peso de aquellas palabras pronunciadas.
Pero al posar su mirada sobre lo más importante de su vida, volvió a recordar el estado en que la vio: tendida, inmóvil, bañada en sangre, con heridas tan profundas… Su piel, pálida como la muerte, contrastaba con el rojo oscuro que la cubría. Revivió las terribles sensaciones que lo atravesaron cuando su corazón dejó de latir. No deseaba que ella volviera a sufrir semejante tormento, mucho menos tener que verla morir otra vez. Era cierto que él lo había provocado, pero también sabía que otra manada podía arrastrarla a ese mismo abismo… o a uno peor: años de sufrimiento por venganza hacia él.
El miedo lo invadió una vez más, recorriéndolo como un veneno. La sola idea de verla sufrir o perderla para siempre lo carcomía por dentro.
Todas las decisiones que estaba tomando eran guiadas por una única convicción: protegerla a toda costa. No permitiría que volviera a pasar por esas penurias, ni pondría su vida en riesgo nuevamente.
“¡Dales una muestra de nuestra misericordia!”, espetó con desdén. “¡Enciérralos en las mazmorras subterráneas!”.
El enlace mental con su beta se cerró. Kogan sabía que la orden fue acatada de inmediato.
Respiraba con fuerza. Se cuestionaba si había hecho lo correcto. Si entre ese grupo de pícaros no fueran tan vulnerables, ya habrían sido expulsados.
Pero… ¿Y si ya sabían de su luna? ¿Y si eso era lo que buscaban? ¿Permanecer dentro de sus dominios?
Sus dedos se crisparon sobre las sábanas. Volvió a enlazarse con Ahir, ordenando que los vigilaran estrictamente y que, ante cualquier indicio de hostilidad, fueran expulsados de inmediato.
Kogan estaba tan absorto en sus pensamientos, los pícaros, la seguridad de su manada, su luna, que, sin darse cuenta, en un arranque de enojo golpeó con fuerza la cama. El impacto sacudió el colchón, haciendo que Cristal, quien dormía profundamente a su lado, comenzará a moverse inquieta.
— Kogan… — balbuceó ella, apenas despertando.
El sonido de su voz lo hizo reaccionar de inmediato. Deslizó su brazo hacia ella, abrazándola con fuerza, deseando que su calor la tranquilizara. Cristal pareció calmarse unos segundos, pero el golpe había sido demasiado fuerte. Aún adormecida, se volvió a mover y apoyó las manos sobre la cama.
— ¿Qué fue eso…? — preguntó con voz suave, frotándose los ojos mientras se incorporaba.
— Nada. No fue nada — respondió él al instante, con voz suave y dulce le susurró. — Vuelve a dormir —.
Sin permitirle replicar, la envolvió con sus brazos y la recostó nuevamente sobre su pecho. Cristal, aún entre sueños, se dejó guiar por el vínculo, confiando plenamente en las palabras de su pareja.
Ella volvió a acurrucarse, buscando su calor. Esta vez, su brazo se extendió lentamente, hasta que su mano reposó sobre el firme tórax. Una de sus piernas se deslizó con naturalidad, rozando la piel de Kogan hasta ubicarse justo sobre el costado de su pelvis. El contacto fue suave, íntimo, casi inconsciente… pero estremecedor.
El alfa contuvo su respiración, aferrándose a su autocontrol. El movimiento de su luna había hecho que la tela de su diminuta pijama se corriera peligrosamente. La delgada tira de su hombro se había deslizado hacia un lado, dejando expuesto uno de sus pechos. El cálido roce de su pezón desnudo contra la piel de su torso encendió un fuego inmediato en su interior. Y como si fuera poco, al extender la pierna, la tela de la pijama se había subido lo suficiente como para dejar al descubierto su ropa interior, mínima, delicada… y lo que más lo alteró: el calor húmedo de su entrepierna tocando su piel, justo en el borde de su cadera.
Kogan cerró los ojos por un momento, obligando a su mente a buscar cualquier distracción que le ayudará a mantener el control.
Era una tortura, sí. Pero una tortura que había aprendido a resistir cada noche desde que compartían cama. Aunque la vergüenza inicial de Cristal se había desvanecido, y ahora no ocultaba su cuerpo ante él, seguía sin ser plenamente consciente de cuánto lo provocaba. Como humana, no comprendía lo que su cercanía significaba para un licántropo: un cuerpo cálido, suave y confiado que, por instinto, lo llamaba a reclamarla.
Respiró hondo, muy hondo. Con mano temblorosa pero firme, tomó la delgada tira caída y la volvió a colocar sobre su hombro, cubriendo su seno con delicadeza. Luego, ajustó la tela del pijama para que su ropa interior quedará oculta nuevamente, y por último, la arropó con las suaves sábanas de seda.
Sin embargo, su lucha no había terminado.
Mientras él intentaba recuperar la calma, Cristal, sumida en un sueño profundo, comenzó a acariciar su pecho con la yema de los dedos. Sus caricias eran lentas, suaves, inocentes... pero devastadoras. La mano de su luna descendió con pereza por su torso, recorriendo cada músculo con una ternura inconsciente, cruzando su abdomen, rozando su ombligo... hasta llegar a su pelvis.
Kogan se tensó. Contuvo el aliento. La mano de su luna, sin detenerse, se posó exactamente sobre su entrepierna, justo donde su erección comenzaba a tomar forma bajo la delgada ropa. Ella lo acarició con suavidad, provocando un estremecimiento que lo obligó a exhalar con fuerza, como si buscara expulsar el deseo junto al aire que salía de sus pulmones.
No podía permitir que eso continuara.
Con rapidez, sujetó su mano y la llevó a su pecho, aferrándola contra él para impedir que volviera a bajar. Pero incluso esa medida desató una nueva ola de tensión: Cristal comenzó a moverse, incómoda por no poder seguir el movimiento que su cuerpo, dormido, había iniciado. En su intento inconsciente por recuperar el contacto, se frotó contra él, provocando una fricción peligrosa.
El calor húmedo de su entrepierna embistió el costado de su pelvis, y el roce fue tan directo, tan abrasador, que Kogan apretó los dientes. Ella repitió el movimiento sin intención, una, dos veces, frotándose contra él en un vaivén suave que lo dejó al borde del colapso. Pero el calor, la humedad, la cercanía… todo lo demás era pura piel, pura provocación.
— No hagas eso... — susurró él con voz ronca, casi en súplica.
Sabía que su luna no podía escucharlo, y mucho menos comprender la tormenta que provocaba con esos gestos involuntarios. Pero si lo supiera, si solo supiera lo cerca que estaba él de perder el control, quizá sería más cuidadosa al dormir.
Finalmente, el cuerpo de Cristal se relajó del todo, rindiéndose. Kogan soltó su mano con cuidado, y la llevó a su rostro, acariciando suavemente su mejilla. No sabía cuánto más podría resistir esa provocación inocente, pero una cosa era segura: su luna era un deleite irresistible. Y aunque la deseaba como nunca, también sabía que su cuerpo aún estaba en recuperación. No permitiría que nada, ni siquiera su propio deseo, pusiera en riesgo su bienestar.
Mientras aún luchaba por controlar la calentura que lo consumía, la voz de Ahir irrumpió de nuevo en su mente, informando sobre la presencia de otro grupo de pícaros que solicitaban hablar con él.
Aquella interrupción volvió a romper su efímera tranquilidad.
Siguiendo el mismo impulso que antes, olvidando que sus noches ya no eran de soledad, descargó un nuevo golpe sobre la cama. Fue seco, nacido del miedo y de la rabia.
La sacudida fue suficiente para despertar a Cristal. Que se incorporó de golpe, desconcertada. Kogan consciente de sus acciones llevadas por el impulso, intentó envolverla de nuevo entre sus brazos, pero ella lo apartó con suavidad, quedando sentada sobre el colchón. Su voz se alzó entre la penumbra, cargada de confusión.
— ¿Qué fue… eso? —.
— Nada, no es nada — respondió él rápidamente, intentando atraerla hacia sí otra vez.
Pero Cristal volvió a apartarse. Se frotó los ojos, todavía medio dormida, y murmuró con una mezcla de gratitud y preocupación:
— Kogan… ya te he dicho que no es necesario que te quedes conmigo cada noche — dijo en voz soñolienta, mirándolo con dulzura. — Sé que los licántropos pueden pasar días sin dormir… y que tú tienes deberes como alfa. No quiero ser un obstáculo —.
— Nunca serás un obstáculo para mí — replicó él, enredando los dedos con ternura en su cabello. — Sé lo bien que descansas teniéndome a tu lado —.
Cristal parpadeó ante su respuesta. Por un instante, había olvidado cuán profunda era su unión. Al estar marcada, sus almas se habían enlazado, y aunque aún le costaba comprender del todo la percepción de los pensamientos y emociones de su pareja, sabía que Kogan sí podía sentirla con claridad.
No era la primera vez que le ofrecía la posibilidad de marcharse a cumplir con sus obligaciones, pero él siempre rechazaba la idea, eligiendo permanecer junto a ella cada noche.
— ¿Estás seguro? — insistió con suavidad.
— No debes preocuparte — aseguró él con firmeza. — Los betas pueden hacerse cargo —.
Cristal sonrió con ternura. No iba a negarlo: sí, le gustaba descansar a su lado. Se acercó a su pareja y depositó un tierno beso en sus labios. Kogan no dudó en atraerla más contra sí, envolviéndola con sus brazos mientras se dejaban caer juntos, quedando nuevamente recostados en la cama.
Poco después, su luna, volvió acurrucarse a su lado, volvió a cerrar los ojos para intentar dormir. Sin embargo, los minutos pasaban y le resultaba imposible conciliar el sueño. Volvió a incorporarse con cuidado sobre la cama y, antes de que Kogan le pidiera que volviera a acostarse, susurró:
— Necesito ir al baño —.
— Déjame ayudarte — respondió él con ternura.
La atrajo hacia sí con suavidad. Cristal rodeó sus hombros con los brazos mientras Kogan sujetaba una de sus piernas, guiándola con destreza hasta acomodarla sobre él. No era la primera vez que su pareja lo hacía.
Ella lo abrazó con fuerza, acomodándose sobre su cuerpo mientras él se deslizaba junto a ella en la enorme cama hacia el borde del colchón.
Al llegar, Kogan la ayudó a apoyar los pies en el suelo. Antes de que pudiera separarse de sus brazos, Cristal, aún con la cabeza apoyada, le dejó un suave beso en su hombro.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Kogan contuvo el impulso, sintiendo cómo ese gesto cariñoso volvió a encender lo que debía mantener bajo control.
Cristal, ya de pie frente a él, frotaba sus ojos con desgano. Él la sostuvo con firmeza al notar cómo su cuerpo, aún adormecido, se balanceaba ligeramente. Sin embargo, continuaba reprimiendo sus instintos al ver cómo las tiras de su pijama se deslizaban por sus hombros, dejando expuestos sus redondos pechos. La tela apenas cubría sus pezones, rozándolos con suavidad.
A Cristal parecía no importarle. Su rostro mantenía una expresión serena, como si no se diera cuenta, pero simplemente no le afectaba. Cuando se dispuso a caminar, él se inclinó para acompañarla.
— No es necesario — lo detuvo con dulzura. — Puedo ir sola, no voy a tardar —.
Kogan asintió a su petición. Permaneció sentado al borde del colchón. Cuando ella le dio la espalda, él cerró los ojos, manteniendo el control. La tela de su diminuto pijama se había vuelto a enredar, dejando a la vista la ropa interior que apenas cubría su firme y generoso trasero.
Sabía a qué se debía esa falta de timidez. Y aunque le costaba contenerse, también le alegraba ver que Cristal ya no se avergonzaba de mostrarse ante él.
Desde los eventos ocurridos hacía 3 lunas (3meses), el alfa se había dedicado a cuidarla. Al principio, todo fue difícil: le costaba caminar, comer, hablar, incluso bañarse la agotaba. Pero él nunca se apartó de su lado y, solo había transcurrido un mes de paz antes de que sus temores por su bienestar volvieran a encenderse.
Como alfa, se habían mantenido ausentes de los deberes. No obstante, los betas, junto a la manada, comprenden la razón. Además, la luna seguía en recuperación, y según las leyes, la sanación de sus pareja es una prioridad absoluta.
Aún sentado al borde de la cama, Kogan sacudió su cabeza de un lado a otro varias veces, con los ojos cerrados. Llevó su mano a la pelvis, como un intento de aplacar ese calor que deseaba apoderarse de su ser. Era consciente de lo difícil que había sido contenerse durante semanas.
Sin que él lo supiera, su luna se había detenido justo antes de cruzar el umbral de la puerta. Lo observó en silencio: ojos cerrados, cabeza agitada, mano en su pelvis.
Cristal mordió ligeramente sus labios, comprendiendo que él se estaba conteniendo y continuó su camino.
Kogan no se dio cuenta de que estaba siendo observado, tan concentrado como estaba en calmar sus deseos. A pesar de haber compartido la cama cada noche junto a ella, solo en 4 ocasiones habían tenido intimidad. Los besos y caricias se habían intensificado, pero él siempre procuraba ir con cuidado. Trato de que fuera rápido, sin exigirle demasiado. No fue su deseo lo que lo empujó a ello: intentó evitarlo, consciente del estado de su luna. Sin embargo, ella se mostró dispuesta a complacerlo
El sonido del agua en la regadera lo sacó de sus pensamientos. Kogan alzó la mirada hacia la entrada del baño. Frunció levemente el ceño: su pareja podía asearse a la hora que quisiera, sí, pero ella había dicho que no tardaría. Además, no le gustaba que estuviera sola, debido a sus repentinos desmayos.
Se inclinó, dispuesto a levantarse, cuando el agua cesó.
Kogan volvió a apoyarse sobre la cama, consciente de que su luna no tardaría en regresar, tal como le había indicado. Alzó la mirada hacia la gran ventana frente a él y observó cómo las cortinas se mecían suavemente con la brisa cálida de la madrugada. Más allá del movimiento ondulante de la tela, el inmenso círculo luminoso colgaba en los cielos oscuros, imponente y sereno.
La luz de la luna tocó su piel, y sintió cómo su fuerza se renovaba.
— Gracias, Diosa Lunar — murmuró para sí mismo de que su anhelada y esperada compañera aún permanecía a su lado.
No obstante, una de sus piernas comenzó a tamborilear con rapidez. Recordó que había cortado el enlace con Ahir. En ese instante, volvió a enlazarse con él para preguntar por el otro grupo de pícaros y asegurarse de que sus órdenes se estuvieran ejecutando correctamente.
Mientras Ahir le informó que todo procedía según lo solicitado.
Cristal salió del baño con pasos lentos, percatándose de que su pareja tenía los ojos en blanco, sabía que se encontraba en medio de un enlace. Se acercó con cautela, tocó su hombro y lo llamó con suavidad:
— ¿Kogan? —.
Al escucharla, él cortó de inmediato la comunicación. Al sentir a su luna de vuelta, llevó la mano a su cintura para atraerla hacia él.
— Sigamos descansa… —.
No alcanzó a terminar la frase. Sus ojos se abrieron con asombro mientras giraba lentamente la cabeza hacia ella.
En segundos, él quedó sobre ella. Una sonrisa retorcida surcó sus labios. — ¿Quieres que vuelva a ser el de antes? — murmuró con un aire de desdén, mezclado con ironía. — Espero que no te arrepientas de esas palabras —.Los ojos de Cristal se abrieron con asombro. El gesto ensombrecido de Rax había cambiado en un instante. ¿Qué quería decir con “no arrepentirse de sus palabras”?— Enseguida lo comprenderás —.Tras percibir sus pensamientos, el alfa tomó la mano de su luna y besó su palma.Cristal, bajo su cuerpo, tragó hondo, arrepintiéndose de lo que había dicho, y comprendiendo lo que sus palabras significaban. Lo sabía, lo sentía a través del vínculo.Los dedos del alfa se deslizaron hasta el botón y el cierre de sus pantalones. Cristal se quedó petrificada ante el cambio repentino de su actitud. Cuando sus prendas fueron arrancadas con fuerza, su mente se inundó de recuerdos: aquellas noches previas y posteriores al pacto, donde no había respiro, donde sus gemidos se alzaban co
El alfa avanzaba con pasos firmes pero pausados bajo el manto de la noche. La luz plateada de la luna se filtraba entre los huecos del follaje, dibujando destellos fugaces sobre su silueta en movimiento. Cada crujido de las ramas secas bajo sus pies resonaba en el silencio, amplificando la soledad de su andar.Habían pasado dos(2) días desde la última vez que la vio. No era porque no quisiera, sino porque sus acciones aquella noche lo habían delatado. Caminaba con lentitud, atrapado en una mezcla de emociones. Por un lado, no deseaba confrontarla; por otro, la necesidad de verla y respirar su aroma, ese que siempre lograba calmarlo.Perdido en sus pensamientos, llegó sin darse cuenta a una de las tantas guaridas del territorio. Frente a él, el edificio se erguía bajo la luz nocturna. Sus ojos se detuvieron en un balcón naire en particular: la suya. Sabía que ella estaba allí. Había esperado con paciencia la llegada de la medianoche, seguro de que su luna ya estaría profundamente dormi
Cristal observaba el paisaje frente a ella, contemplando cómo la brisa sacudía suavemente las cortinas de la ventana. Inclinó su rostro, apoyó el codo sobre la pequeña mesa y descansó la barbilla en la mano. Su semblante decaído era notorio. Sus fuertes suspiros terminaron por captar la atención de su acompañante.Sus ojos comenzaron a cristalizarse y sus labios se curvaron en una silenciosa expresión de angustia. La tormenta que habitaba dentro de ella se desbordaba lentamente. Un par de lágrimas saladas se deslizaron por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.Cristal reflexionaba sobre la creciente distancia que sentía de parte de Rax. Era demasiado. Ya lo había notado antes, pero anoche creyó que él cedería… al final, no resultó como esperaba. Con esto confirmaba que Rax la estaba evitando.Lynn, junto a ella con un grueso libro en las manos, hojeaba las páginas rápidamente. Pero al oír el débil sonido de sollozos, levantó la mirada. Al ver el rostro entristecido de Cristal, dejó
¿Había tocado su piel?Al mirarla, el cuerpo de Kogan se tensó. La luz de la luna delineaba con suavidad reverente la figura completamente desnuda de su pareja, como si la misma Diosa Lunar la hubiese esculpido con esmero.Su respiración se trabó en su pecho. Lo que había contenido durante semanas y que esa noche había creído controlar, regresó con una fuerza devastadora, exigiendo liberarse.Cristal era una obra sublime: sus curvas armoniosas, su piel bronceada y húmeda brillando como si la luna la hubiera bañado en plata líquida. Sus senos, grandes, firmes y suaves, subían y bajaban con su respiración lenta y segura. Su vientre plano y caderas amplias formaban un contraste que parecía creado solo para él.El cabello le caía en ondas sueltas sobre los hombros, deslizándose como seda tibia entre sus pechos. Algunas hebras danzaban con la brisa, atrapando la luz nocturna como hilos de noche viva.Kogan sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando ella se acercó y le envolvió el cu
Último capítulo