Sia sintió una presión brutal en el pecho al ver la transformación sobre la carne del ex Alfa. Retiró la mano de la muñeca de Valerius de un tirón seco, mirando sus propios dedos empapados en un polvo oscuro que se evaporó en el aire antes de tocar el suelo. La daga de sombra clavada bajo su caja torácica no buscaba sacarle la sangre como una hoja de acero común; la herida emitía un chasquido sordo, una especie de consumo progresivo que iba borrando la piel, los poros y el relieve de las cicatr