El cuerpo transparente de Valerius terminó de disolverse entre los brazos de Sia como una capa de humo seco. Los dedos de la mujer quedaron apretados contra la losa helada, sosteniendo únicamente la nada. El impacto del desgarro en la piel de su hombro le sacó un grito que raspó las paredes del subsuelo, dejándole un ardor vivo, una herida en la carne limpia donde el sello del lobo acababa de desaparecer por completo. La marca que la mantuvo atada a el Alfa, porque para ella si era un verdadero