No había un camino de escape terrestre. La cornisa daba directamente a un acantilado vertical de más de ochenta metros de altura, en cuya base un mar embravecido golpeaba los bloques de piedra con una fuerza destructiva. Las olas estallaban en un surtidor de espuma blanca que salpicaba las botas de Selene, quien permanecía paralizada al borde del abismo, contemplando las aguas oscuras con un pánico que anulaba cualquier intento de estrategia.
—Es un callejón sin salida —susurró Selene, y sus ma