Selene no protestó esta vez. Se deslizó por la abertura con la seda de su capa azul recogida entre las piernas, emitiendo un murmullo de asco al sentir la humedad de las paredes de roca sobre sus hombros. Valerius esperó a que Sia ingresara primero, colocándose como el escudo final en caso de que la vanguardia de la guardia real los alcanzara antes de sellar el acceso.
—Pasa tú, Sia —le dijo Valerius, manteniendo los ojos fijos en la penumbra del pasillo exterior—. Mi anchura va a retrasar el a