El viento de la costa golpeó el rostro de Sia, arrastrando partículas de sal y espuma que se mezclaron con el hollín reseco de sus mejillas. A su espalda, el abismo de ochenta metros se abría como una garganta negra dispuesta a devorarlos; al frente, la hilera de doce hombres de la guardia de Caspian permanecía fija, con las flechas apuntando directamente a sus pechos. Caspian mantenía la mano apoyada en el pomo de su daga, con una sonrisa que destilaba el triunfo de quien se sabe dueño de las