El temblor en las manos de Valerius no cesó inmediatamente. El guerrero observó sus palmas con intensidad, como si pertenecieran a un extraño. El aire de la bodega, denso por el aroma a brea y el residuo del cauterio, se estancó en sus pulmones mientras Sia, de rodillas sobre la madera tosca, recuperaba el aliento. Sus dedos menudos buscaron apoyo en las paredes del barco, sintiendo el efecto sofocante de la madera de árbol de luna que neutralizaba cada partícula de su energía. El Alfa Verdugo