El Alfa Verdugo avanzó, arrastrando las botas sobre la madera impregnada de brea. El dolor de la herida en su omóplato izquierdo le provocó una mueca, pero su fuerza física se mantuvo intacta. Ignoró las súplicas de la joven, convencido de que cada palabra de Sia era un nuevo intento de manipular sus sentidos con la magia que la madera de árbol de luna mantenía sofocada.
—No recuerdo ninguna llanura —declaró Valerius, extendiendo sus manos grandes hacia los hombros de Sia—. Solo recuerdo el olo