Sia se pegó a los barrotes, sus dedos pequeños apretaron el metal frío con desesperación. Un sollozo mudo se escapó de su garganta, y Valerius, que estaba de pie detrás de ella vigilando el pasillo, sintió la angustia de la mujer como si fuera un veneno que le recorría el cuerpo. El dolor de Sia era tan puro que lo obligó a cerrar los ojos por un instante.
«Sácala de aquí ahora mismo», pensó Sia, y su voz mental fue una súplica desgarradora que rompió cualquier barrera de sarcasmo previa. «Vale