La oscuridad de la cueva se volvió un remolino de pánico cuando la orden del niño retumbó en sus cabezas. Valerius no esperó a que la primera sombra de Caspian se proyectara contra las paredes de piedra. Agarró a Sia de la cintura y la lanzó hacia un conducto de ventilación natural que se abría en lo alto de la bóveda, una grieta que apenas permitía el paso de un cuerpo humano. La fuerza del Alfa fue bruta, despojada de toda delicadeza, y Sia sintió el roce de la piedra áspera contra sus hombro