La presión en el brazo de Sia fue una descarga de realidad que superó el estallido de las lámparas. La oscuridad del salón no era un refugio, sino una celda de aire viciado donde el aroma a ozono se mezclaba con el perfume almizclado y artificial de Caspian. Él la sujetó con una fuerza que buscaba lastimarla, demostrar su poder, infundir dolor de manera retorcida hasta alcanzart el punto del crujido de sus huesos. Su rostro, iluminado por esa llama azul que nacía de su propia palma, una luz quí