Harvey siempre había creído que la paciencia era un arma. Cualquiera podía irrumpir con estruendo, de forma agresiva e imprudente. Eso era fácil. Eso era trabajo de aficionados. ¿Pero esperar? ¿Observar? ¿Dejar que la gente se sintiera cómoda antes de entrar en sus vidas como si pertenecieras a ellas?
Eso requería disciplina.
Estaba sentado en el asiento trasero de su coche, con un tobillo cruzado sobre el otro y los dedos apoyados relajadamente sobre su rodilla. Los cristales tintados aislaban