Harvey siempre había creído que la paciencia era un arma. Cualquiera podía irrumpir con estruendo, de forma agresiva e imprudente. Eso era fácil. Eso era trabajo de aficionados. ¿Pero esperar? ¿Observar? ¿Dejar que la gente se sintiera cómoda antes de entrar en sus vidas como si pertenecieras a ellas?
Eso requería disciplina.
Estaba sentado en el asiento trasero de su coche, con un tobillo cruzado sobre el otro y los dedos apoyados relajadamente sobre su rodilla. Los cristales tintados aislaban el mundo exterior, convirtiendo la mañana en un borrón sordo de movimiento y color. Su conductor mantenía la vista al frente y las manos firmes en el volante, sabiendo de antemano que no debía hablar a menos que se le hablara.
—No te acerques demasiado —dijo Harvey con calma—. No necesita sentir que la siguen.
—Sí, señor.
Los ojos de Harvey permanecieron fijos en la mujer que bajaba los escalones delanteros de la casa al otro lado de la calle.
Jasmine.
Belinda no había exagerado. Era llamativa