Belinda llevaba semanas observando a Sofía. No de forma obvia, ni de la manera en que las chicas inseguras miran demasiado o susurran demasiado alto.
Belinda se enorgullecía de su sutileza. De su capacidad de observación, de saber leer una habitación sin que nadie se diera cuenta de que los estaba analizando.
Y algo en Sofía no cuadraba. No era celos. Dios, no. Belinda casi se ríe ante la idea. ¿Celosa de eso? ¿De una chica que parecía haber entrado al club por accidente? No tenía sus curvas, ni esa confianza ruidosa, ni esa sexualidad deliberada que goteaba de cada movimiento.
Sofía era básica.
Dolorosamente básica y, sin embargo, parecía gustarles más. Belinda se apoyó contra el espejo del camerino, con los brazos cruzados bajo el pecho y los ojos entrecerrados hacia su propio reflejo mientras la música del club retumbaba débilmente a través de las paredes. Inclinó la cabeza ligeramente, estudiando su maquillaje perfecto, su piel impecable y su cabello cayendo exactamente como les g