Mi Lily se marchitaba

La casa llevaba días a oscuras. Henry no estaba seguro de cuántos. ¿Tres? ¿Cuatro? El tiempo había dejado de tener sentido desde que las cortinas permanecían cerradas y las botellas empezaron a amontonarse. El sol seguía saliendo y poniéndose en algún lugar allá afuera, lo sabía, pero dentro de la casa siempre era el crepúsculo: espeso, pesado, inmóvil.

El olor era lo primero que lo golpeaba cada vez que se movía. Su hogar apestaba a alcohol, comida rancia y duelo. La soledad que sentía era algo que no podía explicar.

Su cabeza palpitaba con un ritmo lento y despiadado, como si algo dentro de su cráneo golpeara pacientemente, esperando a que perdiera el poco control que le quedaba. Tenía la boca seca y la lengua pastosa. Sentía que su cuerpo pesaba el doble de lo que debería.

Henry yacía en su cama, mirando un techo que no se había molestado en limpiar. El edredón negro lo envolvía como una armadura, o tal vez como un capullo. No sabía cuál de las dos opciones prefería.

No había ido a
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