La casa llevaba días a oscuras. Henry no estaba seguro de cuántos. ¿Tres? ¿Cuatro? El tiempo había dejado de tener sentido desde que las cortinas permanecían cerradas y las botellas empezaron a amontonarse. El sol seguía saliendo y poniéndose en algún lugar allá afuera, lo sabía, pero dentro de la casa siempre era el crepúsculo: espeso, pesado, inmóvil.
El olor era lo primero que lo golpeaba cada vez que se movía. Su hogar apestaba a alcohol, comida rancia y duelo. La soledad que sentía era alg