La noche era espesa y callada. No había viento, ni el murmullo de los árboles, ni siquiera el canto lejano de los grillos. Todo estaba en pausa, suspendido en un silencio ominoso que parecía envolver la habitación donde Somali dormía. Su respiración era irregular, los labios estaban entreabiertos y la frente perlada en sudor. Su cuerpo, aunque quieto, temblaba levemente.
Las paredes parecían acercarse. El techo aparentaba estar más bajo de lo normal. Y de pronto, todo se nubló. Las voces, prime