Caleb apagó el televisor y volvió a mí. Su mirada era diferente ahora. Ya no había furia, ni estrategia, ni muros. Solo hambre pura y una posesión tan absoluta que me hizo sentir pequeña y poderosa al mismo tiempo.
Me besó con una lentitud devastadora. No era el beso desesperado de anoche. Este era profundo, casi reverente. Su lengua acarició la mía con calma mientras sus manos recorrían mi cuerpo desnudo como si lo descubriera por primera vez. Cuando separó mis piernas con su cadera y sentí su