Golpe de Realidad

Caleb apagó el televisor y volvió a mí. Su mirada era diferente ahora. Ya no había furia, ni estrategia, ni muros. Solo hambre pura y una posesión tan absoluta que me hizo sentir pequeña y poderosa al mismo tiempo.

Me besó con una lentitud devastadora. No era el beso desesperado de anoche. Este era profundo, casi reverente. Su lengua acarició la mía con calma mientras sus manos recorrían mi cuerpo desnudo como si lo descubriera por primera vez. Cuando separó mis piernas con su cadera y sentí su polla dura y caliente descansando contra mi sexo, solté un gemido tembloroso.

—Caleb… —suspiré contra su boca.

—Dime que lo quieres —murmuró, rozando su glande entre mis pliegues empapados, torturándome con la promesa—. Dime que ya no quieres huir de esto.

—Te quiero a ti —confesé, rodeando su cuello con mis brazos—. Todo tú.

Entró en mí de un solo movimiento lento y profundo, hasta el fondo. Ambos gemimos al unísono. La sensación de él llenándome por completo, tan grueso y caliente, me arrancó un sollozo de placer. Caleb enterró el rostro en mi cuello y se quedó quieto un momento, palpitando dentro de mí.

—Joder, Alexandra… —gruñó contra mi piel—. No hay nada mejor que esto. Estar dentro de ti… sentir cómo me aprietas.

Empezó a moverse. Embistidas profundas, lentas y poderosas. Cada vez que entraba del todo, rotaba las caderas, presionando mi clítoris y golpeando ese punto que me hacía arquear la espalda. No era solo sexo. Era una declaración.

—Eres mía —susurró contra mi oído, acelerando el ritmo—. No de un contrato. Mía porque tu coño me abraza como si nunca quisiera dejarme ir. Mía porque gritaste mi nombre anoche mientras te corría en mi polla.

Mis uñas se clavaron en su espalda cuando empezó a follarme con más fuerza. Sus caderas golpeaban contra las mías con un ritmo perfecto, carnal y apasionado. Cada embestida me hacía subir más alto. Enredé mis piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo.

—Mírame —ordenó.

Cuando lo hice, vi sus ojos oscuros brillando de pura obsesión.

—Me encantas, joder —confesó con voz ronca, sin dejar de penetrarme—. Y voy a follarte todas las mañanas así hasta que lo entiendas en cada célula de tu cuerpo.

El orgasmo me golpeó con violencia. Grité su nombre, contrayéndome alrededor de su polla mientras olas de placer me recorrían entera. Caleb gruñó, embistió tres veces más y se corrió profundamente dentro de mí, llenándome con chorros calientes y espesos mientras temblaba entre mis brazos.

No salió de mí.

Se quedó enterrado hasta el fondo, apoyando su frente contra la mía, nuestras respiraciones mezclándose. Sus manos acariciaban mi rostro con una ternura que contrastaba con la fuerza de sus embestidas de hace unos segundos.

* * *

A las diez de la mañana, la realidad volvió a golpear la puerta.

Estaba de pie frente al espejo del vestidor, abrochándome una blusa de seda blanca y ajustándome una falda tubo negra. Caleb, ya vestido con unos pantalones de traje y una camisa gris sin corbata, me observaba desde el marco de la puerta con el ceño fruncido.

—Cancela tus reuniones de hoy —dijo él por tercera vez en menos de media hora, cruzando los brazos—. Te quiero en el penthouse.

Me giré, poniéndome un pendiente de plata.

—Caleb, tengo a mis exempleados organizando el nuevo loft en Brooklyn y dos clientes que firmar. La caída de Mateo deja un vacío en el mercado que tengo que llenar hoy mismo. No voy a esconderme en mi torre de marfil.

Él acortó la distancia, invadiendo mi espacio hasta que mi espalda rozó el cristal del espejo.

—Un animal acorralado y desesperado es el más peligroso de todos, Alexandra. Le quitamos todo a Mateo. Sabe que fuimos nosotros. No tiene nada que perder y no me gusta que andes por las calles hasta que lo metan en una celda.

Apoyé ambas manos en su pecho, suavizando mi mirada. Entendía su miedo, pero no iba a dejar que me paralizara.—Mateo es un cobarde corporativo, no un sicario. Debe estar escondido con sus abogados intentando salvar su propio pellejo. Además, ¿acaso no me pusiste a tu mejor equipo de seguridad?

Caleb apretó la mandíbula. Claramente detestaba no tener el control absoluto de mis movimientos, pero mi argumento era sólido.

—No quiero que bajes de ese auto a menos que Marcus y sus hombres hayan despejado la acera —cedió finalmente, rodeando mi cintura y dándome un beso posesivo y duro que me dejó sin aliento—. Y quiero que tu teléfono esté encendido en todo momento. A la menor señal de peligro, te arrastro de vuelta aquí y te encierro. ¿Fui claro?

Sonreí contra sus labios.

—Cristalino, esposo.

Cuarenta minutos después, mi coche blindado se detuvo en una calle bulliciosa de Brooklyn, a media manzana de mi nueva oficina. Las antiguas fábricas reformadas y los murales urbanos le daban al barrio un aire crudo y vibrante, muy alejado del lujo estéril del distrito financiero.

Marcus, el jefe del equipo de seguridad que Caleb me había asignado, salió del asiento del copiloto y abrió mi puerta.

—La oficina está despejada, señora Navarro —informó Marcus, escrutando la calle con ojos de águila tras sus gafas de sol oscuras.

—Gracias, Marcus. Pero antes de subir a pelear con los instaladores de internet, necesito cafeína de verdad. No de la máquina de cápsulas que compró Leo.

Señalé una pequeña y encantadora cafetería artesanal justo en la esquina de la calle, a menos de treinta metros de nosotros. Marcus asintió con un gesto tenso, haciendo una señal a los otros dos escoltas para que nos siguieran a una distancia prudencial.

El aire frío de la mañana me golpeó el rostro mientras caminaba por la acera. Me sentía invencible. La sensación de tener el control de mi vida otra vez me llenaba el pecho de un orgullo electrizante.

Faltaban unos diez metros para llegar a la puerta de la cafetería. Estaba revisando mi bolso en busca de mi billetera.

El rugido estridente de un motor acelerando a fondo cortó el ruido normal de la calle.

Levanté la vista justo a tiempo para ver un sedán negro, viejo y sin placas, saltarse un semáforo en rojo. En lugar de seguir por el asfalto, giró el volante con violencia. Las llantas chirriaron, soltando humo gris, y el vehículo se subió bruscamente a la acera.

—¡Cuidado! —gritó Marcus, abalanzándose hacia mí.

El coche se detuvo de golpe, chocando contra los contenedores de basura a tres metros de donde yo estaba parada. La gente en la calle empezó a gritar y a dispersarse. Los escoltas de Caleb sacaron sus armas al instante, apuntando al vehículo.

La puerta del conductor se abrió de una patada.

El hombre que salió a trompicones del auto no se parecía en nada al elegante y petulante ejecutivo de relaciones públicas con el que estuve a punto de casarme. Mateo llevaba la misma ropa que la noche anterior, manchada y arrugada. Sus ojos estaban inyectados en sangre, rodeados de ojeras moradas, y su rostro estaba desencajado por la locura absoluta.

Había perdido todo rastro de cordura.

Pero lo que hizo que la sangre se me congelara en las venas y el aire abandonara mis pulmones, no fue su aspecto demacrado.

Fue el revólver de cañón corto que sostenía en su mano derecha.

Los escoltas gritaron órdenes de que bajara el arma, pero Mateo parecía no escucharlos. Sus ojos enloquecidos se clavaron en mí, atravesando la distancia con un odio letal y desesperado.

Levantó el brazo lentamente. Y apuntó directamente a mi pecho.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP