El cañón del revólver temblaba ligeramente, apuntando directo al centro de mi pecho.
El ruido de la calle en Brooklyn pareció desvanecerse, engullido por el zumbido ensordecedor de la sangre golpeando mis oídos. El tiempo se ralentizó. Mateo estaba a menos de dos metros de mí. Apestaba a sudor frío, alcohol rancio y desesperación absoluta.
—¡Atrás! —gritó Mateo, su voz aguda y rasgada, girando el arma por una fracción de segundo hacia Marcus y los dos escoltas que ya tenían sus pistolas desenfu