¿Qué vale más?

El callejón se convirtió en un infierno de luces rojas y azules, sirenas ensordecedoras y gritos.

Las manos me temblaban tanto que apenas podía sostener la cabeza de Caleb mientras los paramédicos me apartaban bruscamente.

—¡Despejen el área! ¡Necesito intubarlo, está perdiendo el conocimiento! —gritó uno de los técnicos de emergencias, rasgando lo que quedaba de la camisa ensangrentada de mi esposo para colocarle electrodos en el pecho desnudo.

El asfalto estaba cubierto de cristales rotos y un charco oscuro que no dejaba de crecer bajo el cuerpo de Caleb. Me pusieron de pie a la fuerza. Marcus me sostuvo por los hombros para evitar que cayera de rodillas otra vez, su propio rostro pálido bajo la luz de las balizas.

De repente, un disparo resonó en la entrada del callejón, ahogando el ruido de las sirenas.

Marcus giró la cabeza de golpe, soltándome y sacando su arma.

—¡¿Qué demonios pasa ahí atrás?! —rugió por su radio.

Me giré, con el corazón atascado en la garganta.

Los dos escoltas que habían arrastrado a Julian Thorne fuera del sedán destrozado estaban en el suelo. Uno de ellos se agarraba el cuello, del que brotaba sangre por un corte profundo hecho con un pedazo de cristal del parabrisas.

Thorne ya no estaba allí.

Impulsado por la adrenalina pura, la locura y el instinto de supervivencia de un animal acorralado, Thorne había fingido estar inconsciente el tiempo suficiente para que los escoltas bajaran la guardia al ver llegar las ambulancias. Había apuñalado a uno, golpeado al otro, y aprovechando el caos absoluto de los paramédicos y la policía bloqueando la calle, se había esfumado.

—¡Se escapó! ¡Thorne se metió en la estación del metro de la avenida! —gritó otro guardia, corriendo hacia las escaleras subterráneas llenas de transeúntes aterrorizados que huían de los disparos.

—¡Déjenlo! —les ordené, mi voz saliendo como un latigazo desgarrador, impulsada por una furia y un terror que nunca había conocido—. ¡Dejen que se pudra en las calles! ¡Mi esposo se está muriendo, aseguren la maldita ambulancia!

Marcus asintió, pálido, y ordenó a sus hombres formar un perímetro alrededor de la camilla.

El traslado al Hospital Presbiteriano de Nueva York fue un agujero negro en mi memoria. Estaba sentada en la esquina de la ambulancia, paralizada, viendo cómo los paramédicos bombeaban sangre al cuerpo de Caleb y luchaban por estabilizar sus signos vitales erráticos. La máquina emitía pitidos rápidos y agudos que se clavaban en mi cerebro como agujas.

Cuando llegamos a urgencias, las puertas se abrieron de golpe. Un batallón de médicos y enfermeras con batas azules ya nos esperaba.

—¡Trauma severo por impacto vehicular! ¡Posible hemorragia interna masiva y contusión craneal! —gritó el paramédico mientras corrían por el pasillo empujando la camilla.

Intenté correr tras ellos, agarrada a la manga del pantalón destrozado de Caleb, pero unas manos firmes me detuvieron en las puertas dobles del quirófano.

—No puede pasar de aquí, señora. Haremos todo lo posible —me dijo una enfermera con mirada compasiva antes de desaparecer tras las puertas de acero, cerrándolas en mi cara.

Me quedé allí, parada en medio del pasillo estéril y cegador del hospital.

Lentamente, bajé la mirada hacia mis manos. Estaban cubiertas de sangre seca. La sangre del hombre que se había arrojado frente a un coche a toda velocidad para que yo pudiera vivir. Un sollozo seco, carente de lágrimas pero cargado de un dolor físico insoportable, me desgarró el pecho. Me deslicé por la pared hasta caer sentada en el suelo de linóleo brillante, abrazándome las rodillas.

Las horas siguientes fueron una tortura de goteo lento.

Me llevaron a una sala de espera privada en el ala VIP. Marcus y un ejército de guardias de seguridad de Navarro Holdings bloquearon el piso entero, impidiendo que la prensa —que ya había olido la sangre y acampaba fuera del hospital— se acercara.

No me había lavado las manos. No me había quitado el abrigo manchado. Quería que el dolor estuviera ahí, anclándome a la realidad.

La puerta de la sala de espera se abrió.

No fue un médico. Fue Victoria Navarro.

La matriarca entró caminando con su bastón de plata, su postura tan rígida y gélida como siempre. Detrás de ella, con un traje impecable y una expresión de falsa consternación que apenas ocultaba su codicia, venía Richard.

Victoria se detuvo frente a mí. Miró mis manos ensangrentadas y luego mi rostro vacío. Por una fracción de segundo, vi el miedo genuino de una abuela en sus ojos oscuros, pero lo asfixió rápidamente bajo su coraza de CEO.

—¿Cuál es su estado? —preguntó Victoria, su voz cortante como el cristal.

Me puse de pie lentamente. Sentí que mis piernas pesaban toneladas, pero mantuve la espalda recta.

—Sigue en el quirófano. Lleva cuatro horas. Tiene hemorragias internas y un traumatismo craneal severo. Thorne... Thorne lo impactó casi de lleno.

Richard soltó un suspiro dramático y se frotó la frente.

—Esto es un desastre absoluto. Los mercados están entrando en pánico, abuela. El intento de asesinato del CEO y la fuga de Thorne han desplomado las acciones un quince por ciento en dos horas. Los inversores están exigiendo respuestas.

Apreté los puños, la bilis subiéndome por la garganta. Mi esposo estaba siendo abierto en una mesa de operaciones, y su primo estaba revisando la bolsa de valores.

—Caleb está luchando por su vida, Richard. El mercado puede irse al infierno —escupí, destilando veneno puro.

—Tú no entiendes de estas cosas, Alexandra —Richard me miró con una condescendencia que me hizo hervir la sangre—. La empresa no puede operar sin una cabeza visible, especialmente en una crisis de esta magnitud. Si Caleb queda en coma, o si el daño cerebral es... permanente, la junta debe actuar hoy mismo.

Se giró hacia la matriarca.

—Victoria, debes convocar una reunión de emergencia. Como vicepresidente, asumo la responsabilidad. La junta debe nombrarme CEO interino esta misma tarde para calmar a los accionistas y demostrar que el holding sigue estable.

Victoria apretó los labios, evaluando las palabras de su nieto. Sabía que financieramente tenía sentido. El pragmatismo era la religión de esa familia.

—No vas a tocar su silla —mi voz no fue un grito. Fue un decreto absoluto, tan oscuro y bajo que hizo que Richard retrocediera un paso instintivamente.

Acorté la distancia entre nosotros, plantándome frente a él con las manos aún cubiertas de la sangre de Caleb.

—¿Crees que puedes aprovechar que él se está desangrando en un quirófano para robarle el trono? —le pregunté, clavando mis ojos en los suyos con la misma letalidad que Caleb me había enseñado a usar—. Escúchame bien, escoria. Tú no vas a pisar esa sala de juntas. Caleb me otorgó el diez por ciento de las acciones personales del holding. Soy su cónyuge legal. Sus votos son míos. Su silla es mía. Y si intentas convocar a la junta a mis espaldas, usaré el equipo legal de mi esposo para destruirte y sacar a la luz los correos que te vinculan con los fraudes de Thorne.

El rostro de Richard perdió todo rastro de color. Abrió la boca para protestar, pero miró a Victoria buscando apoyo.

La matriarca, sin embargo, no lo defendió. Victoria me observó detenidamente. Miró el fuego salvaje en mis ojos, la sangre en mi ropa y la postura de una mujer dispuesta a quemar el mundo entero por proteger a su rey caído.

Una pequeña y casi imperceptible sonrisa ladeada curvó los labios de la anciana.

—Richard, vete de aquí —ordenó Victoria, golpeando el suelo con su bastón.

—Pero, abuela, la empresa...

—¡Dije que te vayas! —el grito de la matriarca resonó en la sala de espera. Richard tragó saliva y salió huyendo por la puerta sin decir una palabra más.

Me quedé sola con Victoria. La anciana dio un paso hacia mí, su mirada suavizándose mínimamente.

—Caleb no se equivocó contigo, niña —murmuró—. Protege su silla. Yo me encargaré de mantener a raya a los buitres de la prensa.

Antes de que pudiera responder, la puerta doble de la sala de espera se abrió.

Un cirujano, aún vestido con el traje quirúrgico manchado de sangre y con el gorro en la mano, entró en la habitación. Su rostro estaba sombrío, cubierto de sudor, y evitó mirarme directamente a los ojos de inmediato.

El corazón se me detuvo. El oxígeno desapareció de mis pulmones.

—¿Doctor? —pregunté, mi voz saliendo como un susurro ahogado, sintiendo que las rodillas amenazaban con cederme.

El cirujano tragó saliva y miró a Victoria, y luego a mí.

—Señora Navarro... logramos detener la hemorragia interna y reparamos el bazo perforado. El daño craneal es grave, pero hemos logrado aliviar la presión.

Una oleada de alivio tan fuerte me golpeó que cerré los ojos, pero las siguientes palabras del médico me congelaron la sangre.

—Sin embargo... —el médico dudó, bajando la voz—. Hubo una complicación severa hace veinte minutos. El impacto de la colisión causó un trombo masivo que no habíamos detectado a tiempo. Sufrió un paro cardíaco en la mesa de operaciones.

La habitación empezó a dar vueltas.

—¿Qué? —sollocé, dando un paso inestable hacia él—. ¿Qué está diciendo?

De repente, a través de las puertas dobles que el cirujano había dejado abiertas, el sonido más espeluznante y aterrador del mundo cortó el silencio del hospital.

Un pitido largo, agudo y continuo proveniente de las alarmas de los monitores de la Unidad de Cuidados Intensivos. El sonido inconfundible de un corazón que había dejado de latir.

Piiiiiiiiiiiiiiiiiii...

Voces apresuradas y gritos médicos inundaron el pasillo.

—¡Código azul! ¡Desfibrilador en la sala tres, ahora! ¡Lo estamos perdiendo!

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