El callejón se convirtió en un infierno de luces rojas y azules, sirenas ensordecedoras y gritos.
Las manos me temblaban tanto que apenas podía sostener la cabeza de Caleb mientras los paramédicos me apartaban bruscamente.
—¡Despejen el área! ¡Necesito intubarlo, está perdiendo el conocimiento! —gritó uno de los técnicos de emergencias, rasgando lo que quedaba de la camisa ensangrentada de mi esposo para colocarle electrodos en el pecho desnudo.
El asfalto estaba cubierto de cristales rotos y u