Su control se hizo pedazos.
Caleb me levantó de la silla con un gruñido gutural y me sentó sobre el escritorio, pero esta vez no fue solo urgencia: fue necesidad pura. Sus manos temblaban ligeramente cuando acunaron mi rostro y me besó como si se estuviera ahogando y yo fuera el aire que necesitaba para vivir.
Fue un beso devastador, profundo, desesperado. Sus labios devoraron los míos con hambre y devoción al mismo tiempo, su lengua enredándose con la mía mientras gemía contra mi boca. Mis ded