Resaca Mental

Su control se hizo pedazos.

Caleb me levantó de la silla con un gruñido gutural y me sentó sobre el escritorio, pero esta vez no fue solo urgencia: fue necesidad pura. Sus manos temblaban ligeramente cuando acunaron mi rostro y me besó como si se estuviera ahogando y yo fuera el aire que necesitaba para vivir.

Fue un beso devastador, profundo, desesperado. Sus labios devoraron los míos con hambre y devoción al mismo tiempo, su lengua enredándose con la mía mientras gemía contra mi boca. Mis dedos se clavaron en su nuca, atrayéndolo más cerca, como si quisiera fundirme con él.

—Alexandra… —susurró con voz rota contra mis labios, casi suplicante—. Por fin… joder, por fin.

En segundos me desnudó con manos reverentes pero impacientes. La blusa y la falda volaron junto con su camisa. Cuando quedamos piel contra piel, Caleb soltó un sonido ahogado y me abrazó con fuerza, como si temiera que desapareciera. Sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura, mis muslos, memorizándome.

Bajó por mi cuerpo dejando un rastro de besos ardientes. Besó y lamió mis pechos con devoción, chupando mis pezones hasta que gemí su nombre como una plegaria. Siguió bajando y, cuando su boca se cerró sobre mi sexo, no fue solo placer: fue adoración. Su lengua me devoró con lentitud tortuosa y luego con hambre feroz, gimiendo contra mi clítoris mientras yo me retorcía y tiraba de su cabello.

—Caleb… por favor… te necesito dentro de mí —supliqué entre sollozos de placer.

Él subió de nuevo, cubriéndome con su cuerpo grande y caliente. Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos oscuros estaban llenos de algo mucho más grande que deseo: posesión, alivio y una emoción que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar antes.

—Quiero mirarte cuando te haga mía de verdad —dijo con voz ronca y temblorosa.

Se posicionó en mi entrada y, sin apartar la mirada, empujó lentamente, centímetro a centímetro, hasta enterrarse por completo en mí. Ambos gemimos al unísono. La sensación de él llenándome tan profundo, tan caliente y tan grueso, fue abrumadora.

—Dios… Alexandra… —gruñó, apoyando su frente contra la mía, respirando con dificultad—. Tan apretada… tan perfecta. Tan mía.

Empezó a moverse. Al principio fueron embestidas profundas y lentas, saboreando cada segundo, sintiendo cómo mi interior lo apretaba. Pronto la pasión lo desbordó. Sus caderas ganaron fuerza, follándome con estocadas potentes y apasionadas que hacían temblar el pesado escritorio.

Enredé mis piernas alrededor de su cintura y mis brazos alrededor de su cuello, besándolo con desesperación mientras él me penetraba una y otra vez. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, nuestros gemidos y palabras entrecortadas llenaban la oficina.

—Dime que eres mía —exigió contra mi boca, embistiendo más duro, más profundo.

—Soy tuya… —jadeé, al borde del llanto de placer—. Toda tuya, Caleb. Solo tuya.

Eso lo desató. Me folló con pasión salvaje, sujetando mis caderas con fuerza mientras golpeaba ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Mis uñas se clavaron en su espalda, marcándolo.

—Córrete conmigo, amor —gruñó, acelerando el ritmo, perdiendo el control por completo—. Quiero sentirte… por favor…

El orgasmo me atravesó como un rayo. Grité su nombre mientras mi cuerpo se contraía violentamente alrededor de su polla, temblando sin control. Caleb soltó un gemido ronco y animal, embistió tres veces más y se derramó dentro de mí con fuerza, llenándome con chorros calientes y profundos mientras temblaba entre mis brazos.

No se apartó. Siguió dentro de mí, abrazándome con fuerza, besando mi frente, mis mejillas, mis labios con una ternura que contrastaba con la ferocidad de hace unos segundos.

—Se acabó fingir —susurró contra mi piel sudorosa, todavía palpitando dentro de mí—. Eres mi esposa. Mi mujer.

* * *

La luz grisácea de la mañana neoyorquina se filtraba débilmente por las pesadas cortinas de la suite principal.

Desperté sintiendo que me habían arrollado. Cada músculo, cada terminación nerviosa de mi cuerpo dolía con una deliciosa y punzante fatiga. Las sábanas de seda oscura estaban revueltas, empapadas en el inconfundible olor a sexo, malta y la colonia de cedro de Caleb.

Intenté moverme para estirar la espalda, pero un brazo pesado, caliente y duro como el acero me rodeaba la cintura, anclándome contra un pecho ancho.

Caleb no estaba dormido.

Su rostro estaba hundido en mi cuello y su respiración era rítmica contra mi piel. Cuando sentí que trazaba la línea de mi columna vertebral con la yema de los dedos, supe que llevaba tiempo observándome despertar.

—Buenos días —murmuré, mi voz sonando ronca, irreconocible.

El brazo alrededor de mi cintura se apretó de inmediato, atrayéndome hasta que no quedó ni un milímetro de espacio entre nuestros cuerpos desnudos.

—No te muevas —ordenó él en un susurro áspero y bajo contra mi piel, dejando un beso húmedo justo sobre la marca oscura que él mismo había dejado anoche en mi clavícula—. Quédate exactamente donde estás.

Giró mi cuerpo con cuidado pero con una firmeza absoluta, obligándome a quedar bocarriba y atrapándome bajo su peso. Sus ojos marrones, desprovistos de cualquier filtro o barrera corporativa, me devoraron en la penumbra. Estaban teñidos de una posesividad tan cruda y primitiva que me cortó la respiración.

—Ayer eras mi socia comercial, Alexandra —dijo, apoyando las manos a ambos lados de mi cabeza y bajando el rostro hasta rozar mi nariz—. Hoy eres mi mujer. Y si crees que voy a dejar que te pongas un traje de sastre y salgas por esa puerta para huir a tu oficina esta mañana, es que la falta de sueño te afectó el cerebro.

Tragué saliva, sintiendo una corriente eléctrica descender directo a mi bajo vientre. Su intensidad era asfixiante, adictiva y aterradora a partes iguales.

—Tenemos una empresa que mantener, Navarro —intenté bromear, aunque mis manos ya se habían aferrado a sus hombros, trazando la musculatura de su espalda—. Y tengo que ver las noticias. Quiero saber si Vargas está llorando en una celda.

Caleb soltó una carcajada ronca, un sonido que vibró contra mi pecho. Se apartó lo suficiente para alcanzar el control remoto en la mesa de noche y encendió el inmenso televisor de plasma incrustado en la pared frente a la cama, sintonizando Bloomberg.

No tuvimos que esperar ni diez segundos.

La pantalla mostraba imágenes grabadas en la madrugada. Decenas de agentes del FBI sacando cajas de documentos y computadoras del lujoso edificio de inversiones de Vargas. El cintillo de noticias en la parte inferior de la pantalla parpadeaba en rojo: "CAE TITÁN FINANCIERO POR LAVADO DE DINERO; SE VINCULAN CUENTAS OFFSHORE DE LA AGENCIA VANCE PR".

Una analista financiera hablaba desde el estudio:

«...la reacción en cadena ha sido devastadora. Tras la auditoría preventiva que Navarro Holdings anunció ayer para desvincularse de Mateo Vance, las autoridades fiscales han congelado la totalidad de los activos de Vance PR. Fuentes internas confirman que Mateo Vance se enfrenta a múltiples cargos federales y a la bancarrota absoluta. Mientras tanto, las acciones de Navarro Holdings han subido un impresionante 4% en el pre-market...»

Me quedé mirando la pantalla. El nudo de odio y traición que llevaba arrastrando desde el día que descubrí a Mateo con Isabella en mi propia cama finalmente se deshizo. Le había quitado todo, exactamente de la misma forma en que él intentó hacerlo conmigo.

Caleb apagó el televisor y arrojó el control a un lado.

—Se acabó —murmuró él, obligándome a mirarlo de nuevo—. Tu madre está a salvo, tu venganza está cumplida y la empresa de mi familia está blindada.

—Lo logramos —susurré, sintiendo una repentina oleada de emoción que me nubló los ojos.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP