(Perspectiva de Caleb Navarro)
Moya sobaka. Mi perro.
El apodo ruso rasgó el aire refinado del salón de baile, golpeándome con la fuerza de un bloque de hormigón. El olor a vodka y tabaco negro de Nikolai me transportó en una fracción de segundo a los sótanos helados de Moscú, a la sangre seca en mis nudillos cuando tenía veinte años, al imperio criminal del que escapé para construir mi propia vida.
Nikolai Volkov no era un empresario rival. No era un magnate con el que pudiera pelear en la bol