La primavera llegó al vecindario de una manera sutil pero innegable. No hubo grandes anuncios, sino pequeños milagros cotidianos: los árboles de las aceras, que durante meses habían sido esqueletos grises y retorcidos, comenzaron a vestirse de un verde tímido; los días se alargaron, empujando la oscuridad hacia las últimas horas de la tarde; y el aire perdió su filo helado, reemplazándolo por el olor a tierra húmeda y a césped recién cortado.
Para Alexandra, el cambio de estación trajo consigo