Perspectiva: Alexandra
El club no tenía nombre en la fachada. Solo una puerta de hierro forjado en un callejón discreto del Bajo Manhattan, custodiada por dos hombres que no vestían uniformes, sino trajes hechos a medida que delataban la presencia de fundas de armas bajo el tejido. Cuando nuestras máscaras —diseñadas específicamente para ocultar nuestra identidad y, al mismo tiempo, resaltar nuestra naturaleza depredadora— se colocaron sobre nuestros rostros, el aire de la noche pareció cambiar