117. CONTINUACIÓN

Agustino de pronto apretó mi brazo y me miraba aterrorizado. Dante bajó despacio las escaleras.

—Por favor, perdonen a mi esposa, está muy asustada y alterada. No quiso decir eso —y sin más, me tomó en sus brazos—. Todavía se confunde y tiene pesadillas por el tiempo en que la obligaron a hacer eso cuando la tuvieron secuestrada.

—¿Es cierto que fue tu hija Celeste quien le hizo eso, Agustino? ¿No fueron
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