El silencio en el ascensor era tan denso que podría cortarse con un cuchillo. Nathaniel permanecía a mi lado, su perfil cincelado iluminado por la tenue luz, mientras subíamos hacia el ático del hotel donde se había celebrado el evento. Mi vestido de gala, que horas antes me había hecho sentir poderosa, ahora parecía una armadura demasiado pesada. Las palabras se acumulaban en mi garganta, amenazando con explotar.
Cuando las puertas se abrieron, lo seguí mecánicamente hasta la suite. Apenas se