La luz del amanecer se filtraba por las cortinas, dibujando patrones dorados sobre las sábanas de seda. Abrí los ojos lentamente, sintiendo el peso de la realidad caer sobre mí como una manta demasiado pesada. El espacio vacío a mi lado aún conservaba su aroma, ese perfume caro mezclado con algo puramente suyo que había aprendido a reconocer incluso con los ojos cerrados.
Nathaniel se había marchado temprano, como siempre. Pero esta vez, había dejado una nota sobre la almohada: "No huyas de mí