CAPÍTULO 18: EL RASTREADOR

MAXIMILIAN FERRERO

Me incorporé en la cama sintiendo el peso de la noche anterior. El aire todavía guardaba el aroma a sándalo de Victoria y el rastro del deseo crudo que nos había consumido sobre la mesa de mármol. Por un momento, creí que el habernos entregado de esa forma significaba que finalmente éramos socios.

La puerta se abrió con un clic metálico. Victoria entró, y cualquier ilusión de intimidad se evaporó. Llevaba un traje sastre azul medianoche, impecable, y una expresión de hierro.

—Vístete, Maximilian. Ahora —dijo con una voz gélida.

—¿Qué pasa, Victoria? —pregunté, señalando las marcas de sus uñas en mi piel—. ¿Anoche fue solo un desahogo para salvar tu orgullo?

Victoria levantó la barbilla, sosteniéndome la mirada con una frialdad cortante.

—Disfruté viéndote perder el juicio, Max. Pero lo permití porque sabía que después estarías más dispuesto a obedecer. Ahora, guarda tus hormonas. Elias Thorne está abajo. El investigador de la aseguradora no se cree el montaje del a
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