MAXIMILIAN FERRERO
Me incorporé en la cama sintiendo el peso de la noche anterior. El aire todavía guardaba el aroma a sándalo de Victoria y el rastro del deseo crudo que nos había consumido sobre la mesa de mármol. Por un momento, creí que el habernos entregado de esa forma significaba que finalmente éramos socios.
La puerta se abrió con un clic metálico. Victoria entró, y cualquier ilusión de intimidad se evaporó. Llevaba un traje sastre azul medianoche, impecable, y una expresión de hierro.