MICHEL VALOIS
El tic-tac del reloj de pared en esta casa de seguridad se sentía como el martilleo de un clavo en mi ataúd. Setenta y dos horas. Ese era el tiempo que me había dado para rescatar los restos de mi imperio y desaparecer de este país antes de que las sombras del pasado terminaran de devorarme.
Estaba en el despacho, rodeado de carpetas encriptadas y teléfonos satelitales, intentando coordinar la transferencia de los últimos activos a las cuentas de Singapur y las Islas Vírgenes. Mi