VICTORIA VALOIS
Salí de la habitación de Maximilian con el pulso todavía vibrando bajo mi piel, pero con la máscara de frialdad perfectamente ajustada. El pasillo de la mansión estaba sumido en una penumbra elegante, iluminado solo por las luces de cortesía empotradas en los zócalos de mármol. El silencio era absoluto, roto únicamente por el rítmico eco de mis tacones, un sonido que solía darme paz, pero que ahora se sentía como una interferencia en la tormenta sensorial que todavía sacudía mi cuerpo.
Al final del corredor, una sombra familiar se materializó.
—Señorita Valois —la voz de Marcus era tan neutral como el acero, pero sus ojos, entrenados para detectar la más mínima grieta en la armadura de los demás, recorrieron mi figura con una rapidez clínica.
No se le escapó el cabello ligeramente desordenado, ni el brillo febril de mis ojos, ni la respiración que todavía no terminaba de estabilizarse. Marcus conocía mis planes, conocía mi ambición, pero esto era algo que escapaba a su