VICTORIA VALOIS
El suelo de mármol de la casa de seguridad estaba helado, pero no tanto como el vacío que se abrió en mi pecho tras el golpe de mi padre. Me quedé allí, tirada, con la mejilla ardiendo y la mirada fija en sus zapatos lustrados, mientras sus palabras —esas dagas de hielo— terminaban de desangrar lo poco que quedaba de mi orgullo.
—Llévensela —la voz de Michel Valois sonó distante, como si viniera del otro lado de una tumba—. Y asegúrense de que no tenga acceso a nada. Ni teléfono