MAXIMILIAN FERRERO
El aire dentro de la furgoneta blindada era una cápsula de silencio absoluto. Victoria estaba sentada frente a mí, envuelta en seda negra y oculta tras un velo de encaje que la hacía parecer una viuda de la realeza. Estaba impecable, revisando su tableta con una calma que me resultaba repulsiva mientras nos acercábamos al cementerio de St. Jude.
—Mantén el control, Max —dijo ella sin mirarme—. Miller está tras las rejas, pero Crawford y Vance siguen ahí fuera. Necesitan creer