MAXIMILIAN FERRERO
El aire dentro de la furgoneta blindada era una cápsula de silencio absoluto. Victoria estaba sentada frente a mí, envuelta en seda negra y oculta tras un velo de encaje que la hacía parecer una viuda de la realeza. Estaba impecable, revisando su tableta con una calma que me resultaba repulsiva mientras nos acercábamos al cementerio de St. Jude.
—Mantén el control, Max —dijo ella sin mirarme—. Miller está tras las rejas, pero Crawford y Vance siguen ahí fuera. Necesitan creer que tu muerte es real para que bajen la guardia y podamos terminar de destruirlos. No arruines la caída de los que quedan por un impulso.
No respondí. Mi mente estaba en el mapa que había memorizado y en la palanca de emergencia. El descubrimiento del rastreador me había dejado claro que yo no era un socio, sino una pieza que ella había cazado semanas antes de mi caída. Necesitaba escapar de su control hoy mismo.
La furgoneta se detuvo en una loma que dominaba la fosa. Vi la procesión avanzar y