VICTORIA VALOIS
Las horas en el segundo piso de la casa de seguridad se sentían como una condena a muerte perpetua. El silencio era absoluto, un muro de hormigón y aislamiento que solo servía para que los gritos de mi propia conciencia resonaran con más fuerza. Estaba atrapada en una jaula de concreto, separada del mundo por órdenes de mi padre y por mi propio dolor.
Mi mente era un disco rayado que repetía una y otra vez la misma imagen: Max cayendo, el sonido del disparo y ese calor húmedo d