MAXIMILIAN FERRERO
El tiempo en el aislamiento no se mide en horas, sino en la frecuencia con la que el corazón golpea contra las costillas. Desde que Victoria se marchó anoche con la terminal portátil, llevándose consigo mi firma digital y, con ella, el último vestigio de mi autonomía legal, la habitación se había convertido en una cámara de eco. Cada crujido de la estructura de la mansión Valois, cada zumbido casi imperceptible del sistema de filtrado de aire, se sentía como un grito. Me sen