MAXIMILIAN FERRERO
El tiempo en el aislamiento no se mide en horas, sino en la frecuencia con la que el corazón golpea contra las costillas. Desde que Victoria se marchó anoche con la terminal portátil, llevándose consigo mi firma digital y, con ella, el último vestigio de mi autonomía legal, la habitación se había convertido en una cámara de eco. Cada crujido de la estructura de la mansión Valois, cada zumbido casi imperceptible del sistema de filtrado de aire, se sentía como un grito. Me sentía como un código ejecutándose en un bucle infinito, atrapado en un hardware que no podía controlar.
Pasé la noche en vela, caminando sobre la alfombra persa hasta que mis pies se sintieron calientes y doloridos. Me miraba en el espejo del baño y no reconocía al hombre que me devolvía la mirada. Estaba más delgado, mi piel tenía esa palidez enfermiza de las plantas que crecen en sótanos, y mis ojos… mis ojos tenían una chispa de desesperación que nunca antes había visto. Era la mirada de un dep