La cafetería era pequeña, pero acogedora. Las mesas de madera desgastadas por el tiempo, las paredes de ladrillo visto y el intenso aroma del café recién hecho creaban una atmósfera muy distinta a cualquier lugar que Eloise hubiera imaginado para Augusto Monteiro.
Caminó hasta la mesa que él había elegido y se sentó, todavía sorprendida. La camarera, una mujer de cabello gris, llevó una taza de café sin que él tuviera que pedirla. Un detalle simple, pero que decía mucho.
Eloise observó con curi