Cuando el postre fue servido y los últimos contratos discutidos, Augusto se puso de pie, dando por terminada la reunión.
—La cuenta ya está pagada —dijo uno de los inversores, sonriendo—. Ha sido un placer, Monteiro.
—El placer fue nuestro —respondió él, estrechando manos con firmeza.
Eloise permaneció a su lado, cordial y discreta, hasta que Augusto le indicó con un leve gesto que era hora de irse.
Caminaron juntos por el elegante vestíbulo del restaurante, con sus pasos amortiguados por