La brisa primaveral aún flotaba suave cuando Eloise regresó del almuerzo. El leve tono coral en sus labios combinaba perfectamente con el conjunto beige que resaltaba su elegancia discreta.
Eran exactamente las 15:30 cuando entró en la sala de café de la empresa. Preparó una bandeja con una taza, la endulzó como él solía tomarla —sin preguntar, guiándose solo por su instinto— y caminó hasta el despacho de Augusto.
Tocó antes de entrar.
—¿Puedo?
—Adelante —respondió él, sin apartar la vista del portátil.
Entró en silencio, dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar y lo observó por un instante. Había tensión en sus hombros, la mandíbula apretada… como si el peso dentro de esa habitación fuera mayor que el del mundo exterior.
—Café. Pensé que lo necesitaría —dijo, con una leve sonrisa.
Él asintió, sin mostrar emoción.
—Gracias, señorita Nogueira.
Ella salió con discreción y regresó a su puesto. Comenzó a organizar la agenda de la semana siguiente, revisó informes pendientes, respondió algunos correos en su nombre —con autorización previa— y se preparaba para terminar el día cuando la recepcionista dejó un sobre elegante sobre su escritorio.
Era una invitación en papel grueso, con bordes dorados y letras serifadas que transmitían poder y tradición. La leyó por encima.
“Familia Monteiro invita al evento anual en honor a las alianzas de la élite empresarial de Ciudad Norte.”
Reconoció de inmediato el nombre del remitente: José Monteiro, padre de Augusto.
Tragó saliva.
Aquello parecía importante.
Con cuidado, tomó el sobre y caminó hacia su despacho. Tocó una vez más. Él respondió con un leve murmullo.
—Este convite acaba de llegar, señor —dijo, extendiendo el sobre.
Augusto lo tomó… pero al leer el nombre de su padre, sus dedos se tensaron.
El tiempo pareció detenerse.
Su mirada perdió el enfoque, como si estuviera viendo algo más allá de esa habitación.
Los recuerdos irrumpieron en su mente como fragmentos afilados.
El sonido de una puerta abriéndose de madrugada.
Un susurro apagado desde el piso de arriba.
Él subiendo las escaleras en silencio… deteniéndose frente a la puerta entreabierta del cuarto de huéspedes.
Y allí estaban.
Thamires. Su prometida.
Caio. Su mejor amigo desde la infancia.
La traición lo destrozó sin piedad.
En los días siguientes, su padre intentó minimizarlo.
—Sabes cómo son estas cosas. Se equivocaron, pero los negocios son negocios. La familia de ella sigue siendo estratégica, Augusto.
José Monteiro lo dijo como si su dolor fuera solo un inconveniente administrativo.
Fue en ese momento cuando Augusto dejó de ser quien era.
Mató con silencio y frialdad al hombre que aún creía en la lealtad. Enterró sus sentimientos. Cerró puertas.
Desde entonces, cada evento como aquel no era más que un intento disfrazado de su padre por ponerlo nuevamente frente a la mujer que lo destruyó.
Thamires.
La mentira perfectamente vestida.
Respiró hondo, sus ojos verdes fijos en el nombre grabado en el sobre.
—Puede retirarse, señorita Nogueira —dijo, con una voz más baja de lo habitual.
Eloise dudó por un instante. Notó la forma en que él miraba el papel… cómo su pulgar presionaba una esquina con fuerza, como si aquello lo irritara profundamente.
Algo ahí lo había herido.
Quiso preguntar.
Pero no era su lugar.
—Claro, señor Monteiro.
Se giró para salir, pero al cerrar la puerta, lanzó una mirada discreta hacia atrás.
Y vio el exacto momento en que él guardaba la invitación en un cajón… y la cerraba con llave.
No dijo nada.
Pero una chispa de curiosidad se encendió dentro de ella.