El final de la jornada llegó como un alivio silencioso. Las luces de la empresa se fueron apagando poco a poco. Augusto pasó junto a ella sin decir una sola palabra.
El traje impecable. El paso firme.
Pero sus ojos… ah, sus ojos…
Por un instante, Eloise los sostuvo.
Había algo ahí.
No era solo cansancio.
No era ira. Ni prisa.
Era dolor.
Un dolor contenido, sofocado… casi imperceptible.
Y por un breve segundo… también dolió en ella.
Sin entender por qué, se quedó inmóvil, con esa sensación clavada en el pecho.
La tensión lo envolvía como una sombra.
En el ascensor, solo el sonido metálico del mecanismo rompía el silencio. Bajó hasta el estacionamiento privado, donde el chofer ya lo esperaba junto al coche negro de lujo.
Sin decir palabra, Augusto subió al vehículo y, con la mirada fija en la ventana, se dirigió a su apartamento.
Al llegar al ático, se quitó el saco, aflojó la corbata y fue directo al bar en el centro de la sala, una pieza sofisticada e imponente, como todo a su alrededor.
Se sirvió un whisky sin hielo, haciendo girar el líquido ámbar en el vaso con movimientos lentos.
Caminó hasta la ventana panorámica que ocupaba toda la pared.
La noche había caído sobre Ciudad Norte, y las luces de la ciudad latían como estrellas urbanas.
Pero sus ojos verdes… estaban muy lejos de allí.
Sosteniendo el vaso con firmeza, se perdió en sus pensamientos.
La invitación seguía latiendo en su mente como una herida abierta.
Otro evento de la alta sociedad.
Otro intento de su padre por unirlo nuevamente con la familia de Thamires.
Thamires…
Un recuerdo.
Ella sonriendo, con un vestido rojo, bailando con él en un evento de la empresa. Sus ojos brillaban… como si estuviera enamorada.
Otro recuerdo.
Ella desnuda, recostada boca abajo.
Su mejor amigo besando su espalda… mientras ella sonreía, tranquila. Como si fuera lo más normal del mundo.
Y otro más.
La voz fría de su padre, José Monteiro:
—Este tipo de cosas se supera, Augusto. Los negocios no pueden detenerse por una decepción personal.
El rencor corría por sus venas como veneno.
La traición no había sido solo de una mujer.
Había sido de su familia.
De sus amigos.
De su propia sangre.
Bebió el whisky de un solo trago. El calor de la bebida no era nada comparado con la furia helada que lo consumía por dentro.
Cuando el teléfono vibró sobre la barra, no le prestó atención de inmediato. Pero al ver el número desconocido, alzó una ceja, curioso.
Respondió con su voz firme e impersonal.
—¿Sí?
Un segundo de silencio.
—Hola, Augusto…
La voz al otro lado de la línea hizo que su corazón se detuviera un instante.
Thamires.
No necesitaba más.
Reconocería ese tono en cualquier lugar.
—Qué sorpresa… —respondió, seco.
—La sorpresa es que estés huyendo de mí —dijo ella, con sarcasmo—. ¿También vas a evitar la cena?
Augusto respiró hondo, apretando el vaso entre los dedos.
—No tengo nada que evitar. Voy a ir.
—¿Solo?
Dudó un segundo.
Solo uno.
Y mintió.
—No. Iré con mi novia.
—¿Novia? —rió ella, amarga—. Esto se pone interesante. No puedo esperar para conocer a la santa que logró ablandar tu corazón de piedra.
La llamada terminó.
Y Augusto se quedó inmóvil.
Novia.
La palabra resonó como una detonación inesperada.
En su mente, solo una imagen:
Eloise.
La morena atrevida, de mirada intensa y lengua afilada.
La mujer que había irrumpido en su vida como un rayo en medio de la oscuridad.
—Mierda… —murmuró, pasándose la mano por el cabello.
Ahora no había vuelta atrás.
La necesitaba.
Necesitaba que aceptara acompañarlo a esa cena.
Un papel temporal…
O tal vez no.
Pero ¿cómo convencer a Eloise de entrar en ese juego?
Un juego sucio.
Lleno de gente falsa.
Donde nadie es inocente… y todos esconden algo.
Sabía que ella podía salir herida.
Pero también sabía que, en ese momento…
ya no tenía opción.
Y en el fondo, aunque no quisiera admitirlo…
quería ver qué pasaría al mezclar a esa mujer fuerte e impredecible con un mundo de máscaras y traiciones.
El juego estaba a punto de comenzar.