El humo se elevaba como un monstruo dormido, expandiéndose lento, espeso, dejando tras de sí una amenaza muda. Dentro del contenedor, Emma temblaba. No por el miedo —o no solo por eso— sino por la certeza de que la línea entre el engaño y la muerte acababa de desdibujarse.
Micah la sostenía con fuerza, su respiración entrecortada, su mirada recorriendo las esquinas del recinto como si esperara que el infierno se abriera de un momento a otro.
—Tenemos que movernos —dijo él, incorporándose con